En cada fin hay un comienzo
En el último aliento de la jornada
que suena doquier, entre sombras,
mezclado con el canto del búho.
En el silencio que se atiza,
trepida con su aura dorada
como copa de álamo en otoño
Porque, inevitablemente,
caen los pétalos cansados
afloran nuevos retoños;
la carne del ciervo muerto
va a nutrir a las crías
de un felino obstinado
El meteorito se divide
-allá, en el lejano espacio-
formando miles de estrellas,
luces en cielo solitario
Porque, inevitablemente,
en cada fin hay un comienzo,
el comienzo contiene su fin;
Así el océano que reposa
en algún punto terráqueo
aloja tormenta, río manso
en su corazón errático...
Y él palpita tras su meta
nace y muere a cada paso
a cada paso se regenera
células, fondo y trazos
viernes, 12 de abril de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
Volcán
Subíamos el lateral
pulido por las piedras
que recurrentes bajaban
desde la cumbre volcánica.
De pronto nos detuvimos
para disfrutar del cielo:
varias estrellas coloradas
despejaban su sensualidad
en profusa cortina de fuego
Caían las gotas encendidas
sobre un lago azul turquesa
y un fuerte olor a azufre
adulteró nuestros olfatos
Las llamas, trama estelar
el azul, súbita frialdad
nos terminó de confundir
nos terminó de entorpecer...
Y la química del planeta,
la codicia de la carne
-fusión de lava e ímpetu-
nos eximieron de la razón
Hasta que la nube espesa
ardiendo desde la cima
consumió todo el oxígeno
recordó sabias doctrinas
Entonces cada paso nuestro
se volvió pusilánime
cada certeza vigorosa
aceptó su posible finitud
Así, a través del vaho,
a través del espacio,
tambaleamos al unísono:
Ora deseo, ora duda.
pulido por las piedras
que recurrentes bajaban
desde la cumbre volcánica.
De pronto nos detuvimos
para disfrutar del cielo:
varias estrellas coloradas
despejaban su sensualidad
en profusa cortina de fuego
Caían las gotas encendidas
sobre un lago azul turquesa
y un fuerte olor a azufre
adulteró nuestros olfatos
Las llamas, trama estelar
el azul, súbita frialdad
nos terminó de confundir
nos terminó de entorpecer...
Y la química del planeta,
la codicia de la carne
-fusión de lava e ímpetu-
nos eximieron de la razón
Hasta que la nube espesa
ardiendo desde la cima
consumió todo el oxígeno
recordó sabias doctrinas
Entonces cada paso nuestro
se volvió pusilánime
cada certeza vigorosa
aceptó su posible finitud
Así, a través del vaho,
a través del espacio,
tambaleamos al unísono:
Ora deseo, ora duda.
domingo, 3 de marzo de 2013
En la escalera
Había algo mágico en aquella noche,
como si pudiera sentir los átomos que jugaban entre sí,
descargando latigazos eléctricos
en el despejado cielo veraniego.
Las flores alrededor de la escalera,
enfiladas en vasos de cerámica local,
se movían jubilosas, acompasadas,
exhibiendo una armónica coreografía
Se sentía la brisa del puerto cercano.
El viento emitía una suerte de lenguaje sin vocales,
hablaba a las flores que tiritaban de pacífico placer
y reflejaban el fulgor lunar en sus pétalos coloridos.
Había algo mágico en aquella noche,
El foco de luz sobre la escalera,
las hojas caídas del árbol en sus peldaños,
nos invitaban a unirnos a la escena,
para completar ese cuadro romántico
que parecía armado adrede...
Como si los besos, abrazos, rodillas ancladas,
fuesen los únicos movimientos permitidos;
como si mostrasen, dentro de la finitud del gesto,
los rasgos esenciales de lo eterno.
como si pudiera sentir los átomos que jugaban entre sí,
descargando latigazos eléctricos
en el despejado cielo veraniego.
Las flores alrededor de la escalera,
enfiladas en vasos de cerámica local,
se movían jubilosas, acompasadas,
exhibiendo una armónica coreografía
Se sentía la brisa del puerto cercano.
El viento emitía una suerte de lenguaje sin vocales,
hablaba a las flores que tiritaban de pacífico placer
y reflejaban el fulgor lunar en sus pétalos coloridos.
Había algo mágico en aquella noche,
El foco de luz sobre la escalera,
las hojas caídas del árbol en sus peldaños,
nos invitaban a unirnos a la escena,
para completar ese cuadro romántico
que parecía armado adrede...
Como si los besos, abrazos, rodillas ancladas,
fuesen los únicos movimientos permitidos;
como si mostrasen, dentro de la finitud del gesto,
los rasgos esenciales de lo eterno.
sábado, 2 de marzo de 2013
Expuesta
Sentada en la arena
con el sol pintado en el rostro,
silba notas de agudo entusiasmo
con un regocijo cuasi infantil
Observa las olas:
esa masa de agua que desploma
su cresta en la orilla,
su huella perecedera.
Ve cómo retroceden
encerrándose en el océano
de oxígeno y secretismo.
De súbito nacen gotas de sudor
en sus párpados ahora plegados;
gotas convulsas como la oleada
frías como el mar retirado
Y se encuentra muy vacía
abandonada por la promesa
que aún escuece como sal
en sus ojos solícitos
en su deseo latente
Entonces espera el regreso
entre fascinada y temerosa
de una nueva embestida
de ese mar claroscuro
Aguarda que vuelvan las olas
con su hervor suave, apasionado
para reafirmar maduras certezas
y superar sabidas incertidumbres
Espera, cautiva de los vaivénes
del tiempo, de los ciclos,
con la ansia sujeta a la emoción
que prepondera irrefutable...
con el sol pintado en el rostro,
silba notas de agudo entusiasmo
con un regocijo cuasi infantil
Observa las olas:
esa masa de agua que desploma
su cresta en la orilla,
su huella perecedera.
Ve cómo retroceden
encerrándose en el océano
de oxígeno y secretismo.
De súbito nacen gotas de sudor
en sus párpados ahora plegados;
gotas convulsas como la oleada
frías como el mar retirado
Y se encuentra muy vacía
abandonada por la promesa
que aún escuece como sal
en sus ojos solícitos
en su deseo latente
Entonces espera el regreso
entre fascinada y temerosa
de una nueva embestida
de ese mar claroscuro
Aguarda que vuelvan las olas
con su hervor suave, apasionado
para reafirmar maduras certezas
y superar sabidas incertidumbres
Espera, cautiva de los vaivénes
del tiempo, de los ciclos,
con la ansia sujeta a la emoción
que prepondera irrefutable...
lunes, 10 de diciembre de 2012
La estación de tren
En un domingo soleado de verano ella miraba fijo hacia arriba, con los ojos achinados, apretados, protegidos de la luz intensa, mientras los demás pasajeros se peleaban por las pocas sombras que brindaba el escueto techo de mampostería. Solitaria se aferraba a una de las columnas de hierro, expuesta a su memoria, al sol, al calor que provenía de los rieles y abrasaba a sus recuerdos asfixiantes. Tras cuarenta minutos de espera, el gentío empezó a quejarse y la transpiración ya se le escurría a raudales por el cuerpo, ubicándola de nuevo, momentáneamente, en esa estación de tren. De pronto se secó el sudor del rostro y contempló los humildes edificios del barrio colindante, las fachadas desteñidas por los años, los mínimos balcones con plantas resecas; volvió su atención a una familia que jugaba con su bebé y, en sus facciones endurecidas por un dolor incógnito, se le dibujó una mueca que transmitía entre desilusión y ternura.
La molestia de su garganta resultaba insoportable por lo que se dirigió hasta el quiosco para comprar agua. Un joven la observaba, atraído por sus curvas tostadas, por su vulnerable soledad. Le sonrió pero ella continuó caminando con la cabeza gacha, con la mirada perdida en la raya amarilla del piso, mientras mascaba un chicle como si cada mordida tuviera un significado particular, como si el lento rechinar de sus dientes intentara cortar, digerir de a poco la tensión, la que entumecía su alma y casi podía nublar el cielo despejado de diciembre . El muchacho la escoltó durante unos minutos, sin que ella lo percibiera, hasta que se atrevió a tocarle el hombro por detrás y le dijo: ¡Qué lindo día! . Extraída repentinamente de su estupor, lo miró de soslayo, asintió y apresuró sus pasos hasta encontrar cobijo en un frondoso sauce llorón, asomado en el lateral derecho de la estación. El joven se acercó nuevamente e insistió: ¡¿Cómo tarda el tren no?!, la verdad es que llevo poco en Buenos Aires y no sé si esto es normal. ¿Los trenes están funcionando, cierto? Ella bebía el agua con sorbos cortos, sin despegar la botella de la boca, sin encararlo. Tanto la proximidad del muchacho como los rasguños que le propinaba el líquido en su traquea la inquietaban sobremanera; abruptamente le respondió que sí había trenes y se dispuso a buscar algo en su bolso, recusando cualquier tipo de interacción. ¿De dónde es?, le indagó el muchacho al percibir un acento raro. ¿Qué importa de dónde soy?, contestó sin más. Bueno, bueno, no hace falta que se ponga así, no le quedan bien tantos nervios a una mujer tan linda como usted.
Ella agregó educamente: Mire, tuve un día muy complicado, me duelen los pies porque tuve que caminar mucho hasta aquí. Sencillamente no tengo ganas de hablar. Al muchacho no parecía importarle su rechazo, porque aunque se calló, permaneció a su lado; para él se trataba tan sólo de una parada estratégica. Se percató que le temblaba la mano en un momento y decidió cambiar la táctica de abordaje: ¿Está usted bien? Noto que le tiembla la mano... ¿Necesita que le ayude? Sentada en el suelo, le dedicó una fugaz sonrisa de cortesía, a la vez que deslizó los dedos por su negra melena larga, girando la cara hacia la dirección opuesta a la del joven. Él consideró ese gesto como una especie de aprobación y se sentó a su lado. ¡Déjeme sola, se lo pido! , reiteró la mujer al tiempo que se levantó. ¡No se les entiende a las mujeres! ¿Vos venís con este pantalón muy corto, con este escote provocador y no querés que se te acerquen los hombres? ¡Sos una histérica como todas las demás! Con la voz entrecortada por un llanto incontrolable, ella trató de tartamudear una justificación, defendiéndose de él, de sus propios miedos, de la incomprensión ancestral. Sus lágrimas desconcertaron al joven, quien finalmente desechó nuevos intentos.
El transporte arribó; ella corrió para entrar en un vagón. Ya en el interior del tren, pese a la incomodidad de la muchedumbre que se apretujaba, la mujer exhaló un suspiro y su rostro se relajó notablemente, como si el vagón fuera un refugio que la abrigara de una tempestad de granizos, que la protegiera del ataque mortal de un animal salvaje. Una señora le pisó el pie desintencionadamente; la mujer la miró con los ojos todavía húmedos, con una expresión de cansancio inherente a la conclusión de una atribulada jornada; la señora mayor se dio cuenta de su estado y se aprestó a observarla discretamente. Vió que en el cuello de la mujer había algunos moretones y una línea roja semejante a una gargantilla tatuada en la piel blanca. Yo conozco una pomada excelente para los cardenales pero tal vez tenga que hacerse ver por un médico, agregó la señora. !Muchas Gracias¡ La pomada me ayudará a erradicar las marcas de mi piel probablemente.... Sin embargo creo que mucho más me costará borrar la huella que esos moretones han impreso en mi corazón.
La molestia de su garganta resultaba insoportable por lo que se dirigió hasta el quiosco para comprar agua. Un joven la observaba, atraído por sus curvas tostadas, por su vulnerable soledad. Le sonrió pero ella continuó caminando con la cabeza gacha, con la mirada perdida en la raya amarilla del piso, mientras mascaba un chicle como si cada mordida tuviera un significado particular, como si el lento rechinar de sus dientes intentara cortar, digerir de a poco la tensión, la que entumecía su alma y casi podía nublar el cielo despejado de diciembre . El muchacho la escoltó durante unos minutos, sin que ella lo percibiera, hasta que se atrevió a tocarle el hombro por detrás y le dijo: ¡Qué lindo día! . Extraída repentinamente de su estupor, lo miró de soslayo, asintió y apresuró sus pasos hasta encontrar cobijo en un frondoso sauce llorón, asomado en el lateral derecho de la estación. El joven se acercó nuevamente e insistió: ¡¿Cómo tarda el tren no?!, la verdad es que llevo poco en Buenos Aires y no sé si esto es normal. ¿Los trenes están funcionando, cierto? Ella bebía el agua con sorbos cortos, sin despegar la botella de la boca, sin encararlo. Tanto la proximidad del muchacho como los rasguños que le propinaba el líquido en su traquea la inquietaban sobremanera; abruptamente le respondió que sí había trenes y se dispuso a buscar algo en su bolso, recusando cualquier tipo de interacción. ¿De dónde es?, le indagó el muchacho al percibir un acento raro. ¿Qué importa de dónde soy?, contestó sin más. Bueno, bueno, no hace falta que se ponga así, no le quedan bien tantos nervios a una mujer tan linda como usted.
Ella agregó educamente: Mire, tuve un día muy complicado, me duelen los pies porque tuve que caminar mucho hasta aquí. Sencillamente no tengo ganas de hablar. Al muchacho no parecía importarle su rechazo, porque aunque se calló, permaneció a su lado; para él se trataba tan sólo de una parada estratégica. Se percató que le temblaba la mano en un momento y decidió cambiar la táctica de abordaje: ¿Está usted bien? Noto que le tiembla la mano... ¿Necesita que le ayude? Sentada en el suelo, le dedicó una fugaz sonrisa de cortesía, a la vez que deslizó los dedos por su negra melena larga, girando la cara hacia la dirección opuesta a la del joven. Él consideró ese gesto como una especie de aprobación y se sentó a su lado. ¡Déjeme sola, se lo pido! , reiteró la mujer al tiempo que se levantó. ¡No se les entiende a las mujeres! ¿Vos venís con este pantalón muy corto, con este escote provocador y no querés que se te acerquen los hombres? ¡Sos una histérica como todas las demás! Con la voz entrecortada por un llanto incontrolable, ella trató de tartamudear una justificación, defendiéndose de él, de sus propios miedos, de la incomprensión ancestral. Sus lágrimas desconcertaron al joven, quien finalmente desechó nuevos intentos.
El transporte arribó; ella corrió para entrar en un vagón. Ya en el interior del tren, pese a la incomodidad de la muchedumbre que se apretujaba, la mujer exhaló un suspiro y su rostro se relajó notablemente, como si el vagón fuera un refugio que la abrigara de una tempestad de granizos, que la protegiera del ataque mortal de un animal salvaje. Una señora le pisó el pie desintencionadamente; la mujer la miró con los ojos todavía húmedos, con una expresión de cansancio inherente a la conclusión de una atribulada jornada; la señora mayor se dio cuenta de su estado y se aprestó a observarla discretamente. Vió que en el cuello de la mujer había algunos moretones y una línea roja semejante a una gargantilla tatuada en la piel blanca. Yo conozco una pomada excelente para los cardenales pero tal vez tenga que hacerse ver por un médico, agregó la señora. !Muchas Gracias¡ La pomada me ayudará a erradicar las marcas de mi piel probablemente.... Sin embargo creo que mucho más me costará borrar la huella que esos moretones han impreso en mi corazón.
martes, 20 de noviembre de 2012
El vuelo secreto
Dormía apaciblemente. En el transcurso de las horas, mientras desvanecía la noche y brincaba mi subconsciencia, un ejército de mosquitos sedientos y escurridizos incursionó en mi serenidad. Sus volados zumbidos conquistaron mis oídos y se entremezclaron con mi respiración, hasta que asumieron las voces de los personajes de mi cuento onírico, cuyas frases pasaron a ser ininteligibles. El afecto forjado en años, plasmado en esos rostros conocidos, no armonizaba con la inquietud que me engendraban sus voces desfiguradas. Naturalmente preveían mis gestos, pero yo ya no podía adivinar sus acciones.
Entonces sentí que era botín de un ataque misterioso y me puse alerta, como un soldado en el frente de batalla, con el alma subyugada y el automatismo inherente a las circunstancias peligrosas.
Estaba indefenso ante los aterrizajes que esos mosquitos, esos personajes, efectuaban sobre mi piel, al dolor agudo que me producían sus estocadas. No parecían pincharme la carne, no; mi sensación era que adentraban en mi corriente sanguínea, succionaban mi energía y perturbaban la paz enclenque brindada por el tiempo, la convivencia, el descanso.
Mi cuerpo, pese a la ansiedad que aumentaba considerablemente, permaneció casi inerte; mi cabeza, perdida entre vigilia y sueño, entre reclamo y esperanza. Apenas logré mover las manos, tanteando el aire con los sentidos semidespiertos, con el afán de aniquilarlos. No pude; el sentimiento de extraña familiaridad con mis enemigos me vetaba, me desconcertaba. Intenté acercarme, atraparlos con caricias, pero el hastío de sus intenciones me petrificó. De pronto una inmensa soledad abrió un surco en mi pecho y experimenté una frustración semejante a la que siento cuando viajo en el tren apestado de gente, me sirven la comida fría o soy víctima de la mentira.
Finalmente senté en la cama con los ojos todavía pegados por las legañas y el cuerpo cubierto de redondeles escarlata. Al prender la luz, me descargué en lágrimas, violentado por la muerte del sueño, por la desazón que levitaba sobre mi carente voluntad.
Interpretación de los Sueños de Freud:
Mosquitos Si ha matado a un mosquito en su sueño, quiere decir que superará obstáculos y disfrutar fortuna y felicidad doméstica. Si no lo ha logrado matar, lucharás en vano contra los ataques de enemigos secretos.
Entonces sentí que era botín de un ataque misterioso y me puse alerta, como un soldado en el frente de batalla, con el alma subyugada y el automatismo inherente a las circunstancias peligrosas.
Estaba indefenso ante los aterrizajes que esos mosquitos, esos personajes, efectuaban sobre mi piel, al dolor agudo que me producían sus estocadas. No parecían pincharme la carne, no; mi sensación era que adentraban en mi corriente sanguínea, succionaban mi energía y perturbaban la paz enclenque brindada por el tiempo, la convivencia, el descanso.
Mi cuerpo, pese a la ansiedad que aumentaba considerablemente, permaneció casi inerte; mi cabeza, perdida entre vigilia y sueño, entre reclamo y esperanza. Apenas logré mover las manos, tanteando el aire con los sentidos semidespiertos, con el afán de aniquilarlos. No pude; el sentimiento de extraña familiaridad con mis enemigos me vetaba, me desconcertaba. Intenté acercarme, atraparlos con caricias, pero el hastío de sus intenciones me petrificó. De pronto una inmensa soledad abrió un surco en mi pecho y experimenté una frustración semejante a la que siento cuando viajo en el tren apestado de gente, me sirven la comida fría o soy víctima de la mentira.
Finalmente senté en la cama con los ojos todavía pegados por las legañas y el cuerpo cubierto de redondeles escarlata. Al prender la luz, me descargué en lágrimas, violentado por la muerte del sueño, por la desazón que levitaba sobre mi carente voluntad.
Interpretación de los Sueños de Freud:
Mosquitos Si ha matado a un mosquito en su sueño, quiere decir que superará obstáculos y disfrutar fortuna y felicidad doméstica. Si no lo ha logrado matar, lucharás en vano contra los ataques de enemigos secretos.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Ineludible Novedad
El vigor de la primavera moviliza:
a los pelos erizados, a las epidermis*,
a las corolas de las flores, a la sangre,
a mis sesos abrigados por la sombra
del sauce llorón en medio de la plaza
Noto la energía que rocía en el aire,
reluce y parpadea vigorosamente,
mortificando a mis pensamientos,
con azotes de recuerdos evasivos
Entonces cedo a la red de la memoria
con la mente desligada de los sentidos
errante entre las imágenes evocadas
que brotan como lágrimas en mis ojos
Las seco y observo el cielo ceniciento
que se desploma en súbita tormenta
enfriando el ambiente y el bochorno
de mi alma conjugada en pasado;
Ahora mis ojos atentos, ya liberados
vislumbran el arcoíris entre nubes,
la lozanía de un abundante follaje
inflamado por el desague del cielo,
Se deleitan con los tonos de verde,
en hojas de diferente forma y textura,
materia joven labrada por el tiempo
dueño unánime de perfil y contenido
El empuje de la primavera enfrasca
con el aroma de la tierra humedecida
con el clamor del sol que reivindica
la eterna promesa de los comienzos
Y así con la percepción aguzada
gozo con el abur de la nostalgia,
para andar con pasos certeros
hacia la ineludible novedad
*Membrana formada por una sola capa de células que cubre el tallo y las hojas de las pteridofitas y de las fanerógamas herbáceas.
a los pelos erizados, a las epidermis*,
a las corolas de las flores, a la sangre,
a mis sesos abrigados por la sombra
del sauce llorón en medio de la plaza
Noto la energía que rocía en el aire,
reluce y parpadea vigorosamente,
mortificando a mis pensamientos,
con azotes de recuerdos evasivos
Entonces cedo a la red de la memoria
con la mente desligada de los sentidos
errante entre las imágenes evocadas
que brotan como lágrimas en mis ojos
Las seco y observo el cielo ceniciento
que se desploma en súbita tormenta
enfriando el ambiente y el bochorno
de mi alma conjugada en pasado;
Ahora mis ojos atentos, ya liberados
vislumbran el arcoíris entre nubes,
la lozanía de un abundante follaje
inflamado por el desague del cielo,
Se deleitan con los tonos de verde,
en hojas de diferente forma y textura,
materia joven labrada por el tiempo
dueño unánime de perfil y contenido
El empuje de la primavera enfrasca
con el aroma de la tierra humedecida
con el clamor del sol que reivindica
la eterna promesa de los comienzos
Y así con la percepción aguzada
gozo con el abur de la nostalgia,
para andar con pasos certeros
hacia la ineludible novedad
*Membrana formada por una sola capa de células que cubre el tallo y las hojas de las pteridofitas y de las fanerógamas herbáceas.
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