viernes, 14 de septiembre de 2012

Tintineos de luz

Ráfagas de luz entran por la ventana entreabierta
inundan de claridad el ambiente casi hermético
y desembocan en la vastedad del silencio

Tintineos inspirados suenan en el deseo mudo
en el vientre estéril, desertor de la gestación,
que yace flojo como un aparato inutilizado

Y blanca brilla, perla en el interior de la ostra
cuyo toque de candor y belleza inapelables
tuerce las entrañas mientras rasga la memoria
volcada a hallarse y perderse entre cicatrices

Presencia que es lámina de espada filosa
que lacera los recelosos y duros escudos
para expandirse, desde dentro hacia fuera
y así liberarse de tan injusta clausura.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Verde ensueño

Enumera sus pasos. A su lado una hilera de árboles frondosos,
con sombras que tocan el infinito cielo azul, pintándolo de gris.
Se detiene. Contempla pies y hojas, estampados en el suelo
Alza sus ojos. Observa la línea trazada entre flores y piedras;
su cabeza vibra: emana olas gélidas, sopla niebla caliente
conjugando oscuridad y chispa en el verde ensueño 
Sobre estaciones multicolor, transitando noches y días
mas allá de soles, lunas, ella camina,
atraviesa su infierno, purgatorio y paraiso
para reposar en su sino, siempre por recorrer.

viernes, 31 de agosto de 2012

El aire de Buenos Aires

En pleno otoño, cuando todo muere o se transforma, el aire de Buenos Aires se renovó con nuestras miradas. Asumió una función de conductor, o tal vez de mero testigo, y generó a su vez controversia y convergencia: impune cuestionó el lazo que ayudó a establecer - invisible y onmipresente- al revelar  su veta reprochable; pero también nos convenció- puesto que nada, aun en este momento, superó la fuerza del poderoso soplido- que ese lazo contenía la esencia de lo perpetuo: un sentimiento que nunca expiraría, forjado necesariamente en lo sagrado.

Recuerdo esa noche fría, los pronunciados latidos provenientes de sus entrañas: profundos, involuntarios, hasta entonces desconocidos para ambos. Pulsaciones de frescura que nos condenaron, nos enriquecieron y finalmente nos señalaron lo que es el amor: inexpugnable...  Así pues nos embistió, contracorriente y sin previo aviso, con oleadas de ilusión perecedera.
De esa noche, de ese fatídico encuentro familiar, se alimentaron mis noches venideras; ellas albergaron el ambiguo resplandor de la vida, traducido en chispas de anhelo y frustración, persuadido por el instinto perenne de la pasión prohibida.

Ni siquiera tus diez años demás, tu experiencia, nos pudo salvar de un destino irremediable: eras mi tío, el marido de la hermana de mi mamá; cualquier otro tipo de relación entre nosotros, a excepción de la fraterna, era considerada un crimen capital, un pecado mortal.

Descubrimos lo duro que resultaba disimular la emoción, enmascararla de acuerdo a lo que se esperaba de uno. Y, tras batallas infructíferas para evitarlo, al fin fomentamos nuestro áureo secreto cual única regalía, como alas imaginarias que posibilitaron el vuelo hacia la concreción del sueño.  

Volamos juntos, durante muchos años, por el cielo de noches agridulces, teñidas de dichosa, y culposa, complicidad. Vivimos un romance marginado, fundamentado en la verdad y cubierto de mentiras, cuya integridad es incuestionable para mí.

Por lo que hoy, en un nuevo otoño, cuando todo muere o se transforma, la intensidad de nuestras miradas, coronada ya de centenas de estaciones, pulsa etérea, carente de entidad y revestida de palabras que no pudieron ser dichas. 

Solitaria contemplo la noche gélida, a ese pasado tan presente, y ante tu cuerpo inerte, derramo mis lágrimas, mis sílabas mudas, para que las portes contigo al lugar de ensueño que solo tú y yo conocemos. De esta forma, a través de mi reclamo callado, quizás el aire de Buenos Aires que ahora sopla triste, se renueve, se libere y, eternamente, nos vuelva a embestir con oleadas de ilusión perecedera...

domingo, 26 de agosto de 2012

El paseador de perros

Entre la amalgama de ruidos y sueños, reluce la voz intrépida de Martín. Ahí, justo en medio de una de las calles más cotizadas del microcentro él es, entero se encuentra con su núcleo: ser payaso. Por "su" calle, núcleo, circula un sinfín de ilusiones desertoras, de transeúntes ávidos de unos segundos de risa que les afloje el estrés del frenesí diario.

Su rutina de payaso Tony, forjada también de actos improvisados, evoca el regocijo ausente, la emoción casi infantil que albergan los corazones apáticos; y refuerza la conducta de aquellos corazones cuya frescura sigue vigente, pese a los carteles de precaución urbano, a las decepciones inherentes a la vida. Evoca, al fin, esa conexión furtiva que se da entre ellos y que es intrínsecamente la razón de su existencia.

A esa isla del júbilo común, Martín acude religiosamente por la mañana, antes que arranque el ritmo habitual de las oficinas, y cuando la noche pronuncia sus primeras notas, horario de conclusión del burocrático expediente laboral. Cuenta con clientes asiduos que le tiran algunas monedas. Algunos, amigos en un ímpetu de generosidad- hermana de la alegría- le invitan a comer o le adelantan dos semanas de labor con un fajo de billetes menudos.

Al concluir cada jornada, mientras calcula el monto recaudado, su pensamiento traba una batalla recurrente entre los números y los deseos más íntimos. Aunque siempre, su anhelo de llegar a más gente, de difundir su amor por el arte escénico, se impone fácilmente a las cuestiones más pragmáticas. Entre los vaivenes de su raciocinio, como una causa obsesiva de vida o muerte, pulula la idea de realizar su show en fiestas privadas e inclusive producirlo como un programa de televisión.

A través de una conocida que pasea perros, se le ofrece la posibilidad de hacer lo mismo. Acepta el trabajo con gusto, considerando que el dinero le servirá para comprarse un auto: condición fundamental para las fiestas privadas. Además ama a los perros y  pasearlos le produciría un enorme placer. Sin embargo, se depara con un un pequeño inconveniente: justo cuando le toca los perritos tiene que ejecutar sus funciones de payaso.

Haciendo juicio de su habilidad de buscavidas, se le ocurre un plan osado: incluirlos en su espectáculo; "al fin y al cabo son solo 30 minutos, luego podré llevarlos al parque cercano. A los dos caniches los tendré en brazos: podrán funcionar como contraugustos, como actores coadyuvantes. A los otros tres, más grandes, los dejaré atados en un poste de luz vecino", cavila.

De camino a las casas de los respectivos perritos, su mirada perdida denuncia sus proyecciones optimistas: en su cabeza giran emancipadas las innúmeras posibilidades que ellos representan para su show; planea cómo los adestrará, cómo los engalanará y piensa en los diferentes chistes que podrá incluir en la rutina. En ese estado de embriaguez los recoge y los lleva, más temprano que lo usual, a su escenario habitual. Los ata y se prepara.

Ya maquillado y vestido con ropas brillantes, se da cuenta de cómo le miran: los caniches tuercen sus cabecitas hacia la derecha, inquisitivos; los dos labradores están tumbados y levantan sus cejas, en un atisbo de sorpresa perezosa; ya el pastor alemán lo encara hiptonizado, siempre a la espera de una orden, casi en actitud premonitoria.

"No hay tiempo que perder. Empieza a arribar la gente", advierte. Entonces sostiene a los caniches y deja a los labradores y al pastor alemán atados, como planeado. Los caniches le huelen la cara, a causa del fuerte olor del maquillaje.

Así le encuentran sus clientes: inmerso en una risa desenfrenada producida por los pequeños hocicos. Hay mucha expectación entre el gentío: resulta llamativa la participación de los nuevos miembros del espectáculo, tal y como preveía Martín.

Rápidamente los presenta: pompón y algodón. Los caniches, en una reacción de vocación artística instintiva, ladran saludando a la audiencia. En el semblante de los espectadores se refleja la aceptación: hay rostros conocidos y unos cuantos nuevos, particularmente de niños que atraen a sus padres, lo cual alimenta aún más el entusiasmo de Martín.

Todo fluye a la perfección, hasta que, de pronto, un niño se larga a llorar. Martín, creyendo que su disfraz es la causa de tal inquietud y puesto que la gente empieza a alejarse, pone los caniches en el piso y se saca la nariz roja para demostrar que no hay motivo de temor. Se acerca al niño para calmarlo y, en cuanto se agacha, el pastor alemán salta como una liebre alerta y le muerde la cola. Agarrado de su pantalón, le propina fuertes latigazos, proyectándolo hacia atrás. 

Martín consigue mantenerse de pie, aunque tambalea sobre sus inmensos zapatos y termina por pisar el plato de agua de los labradores, que se alzan atolondrados como despertándose de un letargo ancestral; toda la escena entonada por los ladridos de pompón y algodón quienes dan vueltas alrededor de Martín.

Martín, en un acto desesperado por no demostrar descontrol, simula estar bailando un reggaeton- lo que se conoce como "perrear"- moviendo su cola de un lado para el otro mientras el pastor le manipula como a un títere. En este caso podríamos decir que Martín "perrea" según los acordes del perro...

Entre la audiencia unida por las carcajadas contagiosas, de pronto una mirada se asoma denotando turbación: es la mamá de Pompón y Algodón que mira incisiva tratando de identificar, si en efecto, esos perros son sus bebés.

En cuanto la señora los llama, y los caniches- que ahora ladran más intensamente, en sintonía con la euforia general- reconocen su voz, salen corriendo hacia ella, felices y exentos a las consecuencias del inesperado encuentro. Martín, aún tratando de liberarse de los dientes del pastor y del plato de agua empotrado en sus zapatos, no se percata que los caniches se han desperdigado. Hasta que enfoca hacia delante, y con sus ojos sostenidos por unas lágrimas negras de sudor, se depara con la mirada encendida de la señora, que ya está enfrente suyo, y a la que reconoce inmediatamente.

Ella, a los gritos, acusa a Martín de haberse aprovechado de sus perros y de su confianza.  Martín sonríe desconcertado y enmudece, sabe que sería mucho peor si tratara de justificarse. Entretanto los espectadores observan la escena sin comprender lo que sucede. Hasta ese instante, todo las peripecias realizadas, especialmente torpes, parecían formar parte de un show bastante original. Los niños, no obstante, ajenos a los monótonos dramas de los adultos y totalmente encandilados con los caniches, se apresuran para agarrarlos.

La señora, temerosa de que se los llevaran, dirije la atención hacia los animales. Unos cuantos niños extasiados besan y tironean a los perros, efectúan preguntas a la señora y la felicitan por el desempeño de sus bebés. Ella decide marcharse sin más, sobre todo por respetar la ilusión infantil que inevitablemente le ha ablandado el corazón.

De repente Martín se queda solo, con su sonrisa colorada apuntando hacia el cielo, pero con sus ojos apuntando hacia las negras lágrimas de sudor. El desafortunado encuentro le ha arrojado a la dura realidad: ya no podrá pasear a los perritos, puesto que no es conveniente exponerse a otro escándalo de ese calibre: pondría en riesgo su labor como payaso.

Su pesar va disipándose de a poco al contar la recaudación del día. Nunca ha ganado tanto dinero en una única función: el triple de lo que suele percibir. Recoge sus cosas, aliviado por el éxito de su alocada empresa, y se va con los labradores y el pastor a un parque cercano.

Sentado en el banco del parque, observa cómo juegan los perros entre sí. Hay muchísimos animales en el lugar y él está puntualmente pendiente: no está la cosa como para que ocurra otro incidente. En un instante ve que un perro callejero y el pastor se encaran peligrosamente: la demarcación del territorio podría convertirse en una pelea. Así que se levanta deprisa para ahuyentar al perro intruso y, al parecer estar todo en sus carriles, se sienta nuevamente.

El callejero se planta a unos metros de distancia y lo mira fijo: pareciera querer contarle un secreto. Tras esos segundos de miradas curiosas, mutuas, el perro se acerca al banco y se sienta delante de Martín; mueve su cola en un ademán de amistad, levanta su patita derecha como queriendo agarrar el bajo del pantalón y clava sus ojos vivaces en la expresión tierna y suspicaz del payaso. .

Entonces, fácil presa de ese afecto gratuito, Martín lo acaricia y le asigna un nombre: "A partir de hoy te llamarás Salvador. ¡Creo que a nuestro público tus encantos les fascinará, como ya me han conquistado a mí!"

viernes, 24 de agosto de 2012

La cosa

Expuesta la carne viva pero cosificada
y revestida nuestra alma de caretas
somos artífices de la desgracia
que asola las bases del planeta

Mientras fomentamos el velo impuro
que cubre el mismo rostro del poder
experimentamos el veneno obtuso
que distorsiona el significado del ser

Ser humano, singular, animal vulnerable
el que se alimenta de oxígeno y afecto 
cuando considerado recurso desechable
asume fielmente la identidad de objeto

sábado, 23 de junio de 2012

Amor Platónico

Apoyada sobre el vidrio que separa la incubadora de la sala de observación, recuerdo los primeros pasos- aún en el vientre materno- de mi sobrino recién nacido: Alfredo Doga Vargas. Todavía siendo una sorpresa, un deseo notorio a la vez que controversial, su corazoncito embriogénico latía rápido y contundente; pareciera anunciar los cambios de rumbo inminentes y la certeza de su condición de brújula de nuestros destinos.

Así, con una mano sobre el cristal frío- cual libro sagrado- emito una promesa: "contaré tu historia: esa en la cual participaste, pero que no recordarías..."  

Y permanezco largo rato, a merced de las imágenes y sonidos que pueblan mi mente. En la otra mano, un sobre abierto, timbrado con el logotipo de un laboratorio genético.

Sí, sí... Cuándo sea oportuno, podré contártela; te relataré cómo la divergencia se fundió en un crisol de eventos conturbados y decisiones casuales.

Describiré mi percepción de tu madre: Beatriz. Sí, te hablaré de sus errores, de su fresca ingenuidad que, pese a todo, recuperó el vigor de estrella nueva. Citaré también a Osvaldo- prefiero no ocultarte este personaje crucial, aunque me costará ser objetiva. Y sobre todo, alabaré la gran amistad que unió a Pedro y a mi hermana: tu madre.

Una sólida amistad de la infancia; su recuerdo me inunda de ternura... Parecía inquebrantable, incorruptible. Jugábamos todos juntos, con los demás chicos del club. Pero, al ritmo de la rueda incesante que es la vida, cambiamos. Ya en la adolescencia, observé como Pedro pasó a dedicar mucho más tiempo a mi hermana. Sospeché que él se había enamorado de ella.

Pero la confirmación se hizo rogar. Hasta que un día, momento en el cual la confesión era menester dadas las circunstancias, Beatriz me lo dijo... Me contó que acudió a una fiesta al aire libre con Pedro, que empezó a llover y se empaparon. La casa de Pedro estaba muy cerca del lugar, por lo que allá buscaron cobijo.

"Y entre risas y rayos, de súbito, la mirada de Pedro quedó fija en mis pezones, que se insinuaban detrás de la remera de lino blanca", susurró mi hermana con sonrisa plena. "No pudimos controlarnos, tal vez por el vino, por el cariño que nos une... No sé...Hicimos el amor". Súbitamente, su sonrisa iluminada dio lugar a unos ojos ensombrecidos. Entonces nuestra conversación se convirtió en una especie de reunión profesional, cuyo mero objetivo era trazar acciones de contingencia para volver a encajarse en el plan principal.

El plan principal consistía en perseverar en su inestable relación con Osvaldo, en sus promesas de felicidad caduca. Osvaldo era el candidato perfecto, según sus parámetros de ideal amoroso: próspero, atractivo, bien relacionado. La clase de hombre que le enorgullecería presentar a los maridos de sus amigas.

Pedro- poco agraciado, cuyos hombros sienten una atracción irrevocable hacia el suelo- no cuadraba en esa guía del hombre ideal. Así que mi hermana prefirió borrar el suceso de la noche lluviosa y la dádiva de aquélla involuntaria sonrisa brillante

A pesar de que le señalé la contradicción en que la que estaba inmersa, se dedicó de cuerpo y alma a una clase de juego de las adaptaciones. Esas amigas suyas, curiosa influencia, lucían similar: parecían descender de los mismos genes. Probablemente por las diversas cirugías estéticas a las que se sometieron- dos o tres al año, por lo menos: que si una nariz nueva para el primer hijo, una liposucción post embarazo... en fin, una lista interminable de motivos de lo más variopinta. Lo cierto es que Bea quería convertirse en la viva imagen del anhelo de su entorno, de acuerdo a la guía de la mujer perfecta, la que circula copiosamente- a un módico precio- por los canales de televisión.

Y así fue, la mujer perfecta: una muñeca perfectamente maltratada. A los pocos meses de vivir juntos, Osvaldo se delató. La pulcritud propia de los comerciales de crema dental fue sustituida por la negritud de las crónicas de violencia doméstica. Mi hermana, todavía no logro comprender las razones, permaneció al lado de su verdugo, proveedor de joyas y odio. En ese momento la maldije por estúpida, por hacer con que me sintiera impotente ante la rabia que me generaban las agresiones de Osvaldo hacia ella. Solíamos discutir a menudo, sobre todo porque ella siempre justificaba las actitudes de él, para concluir por responsabilizarse por su enajenación mental.

Hasta que, después de algunos episodios de palizas y palabras venenosas, tu madre, visiblemente aterrada, confesó que estaba embarazada y que tenía mucho miedo de decírselo a Osvaldo. Al parecer, Osvaldo descubrió que Pedro y ella habían dormido juntos. No me sorprendió al escucharlo: cualquiera que observara la mirada encendida de Pedro cuándo se encontraban, se daría cuenta de inmediato. Lo que sí me sorprendió es que Osvaldo tenía un amplio abanico de amantes, a las que no trataba de ocultar en absoluto.

La situación tendía a inmolarse de una forma u otra. Porque así es todo, querido Alfredo: las personas devienen y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa...

Tu corazón célere y contundente, esa brújula, reclamaba su espacio en el mundo. Beatriz- reflejando tu mudo reclamo, pienso a veces- me dijo con una convicción profunda, oriunda de las entrañas: quiero tener a mi bebé.

Entonces, una tardecita en mi casa, Osvaldo telefoneó. Nosotras habíamos combinado previamente: era mejor comunicárselo a distancia. En cuanto Beatriz pronunció la frase: "estoy embarazada", se pudo escuchar con nitidez a Osvaldo que dijo: "¿Y me lo comunicas por teléfono? Me parece de extremo mal gusto, típico en ti... Voy a buscarte" y colgó.

Pensé que quizás fuera más prudente salir de mi casa.  Miré a mi hermana: nunca la vi tan pasiva... Esa escena me rescató de la memoria la película "Bambi", que veíamos de chicas. Beatriz era Bambi, un gabato asustado frente a su depredador.

Decidí por las dos. Vamos a enfrentarlo, tarde o temprano habrá que hacerlo. "Mejor llamo a Pedro", cavilé... Y así lo hice. Al comienzo el pobre no entendió nada; hacía algún tiempo que no nos hablábamos. Le resumí el panorama, le dije: "necesitamos tu soporte porque Osvaldo está muy nervioso, viene hacia mi casa y tememos la reacción que puede tener ya que acabamos de comunicarle que Beatriz está embarazada". Pedro se quedó mudo. Luego de unos dolorosos segundos, preguntó: "¿Y no está contento?". A lo que respondí: "No, no, más bien está muy enojado. No desea a ese hijo, sobre todo porque puede que no sea el padre". Pedro reaccionó consternado: "¡¿Cómo?!. En ese instante sonó el timbre: era Osvaldo. Le insistí: "vente ya. Este tipo es violento. Acaba de llegar... Tengo que abrirle la puerta".

Abrí la puerta. Osvaldo irradiaba una energía avasalladora: sus ojos tenían las pupilas dilatadas, su respiración caliente pulsaba acelerada. "¿Dónde está?", me preguntó a bocajarro. "Está sentada en el living. Vino derecho del hospital acá, luego de recibir el resultado de los análisis", le respondí. Él me empujó y se dirigió al living.  Se sentó a su lado, le agarró de la muñeca y le ordenó. "Vámonos a casa ahora mismo. Este tipo de asuntos hay que tratarlos entre la pareja, como corresponde". Y la levantó abruptamente del sofá. Yo, en un ímpetu de valentía imprudente, le advertí: "¡En mi casa exijo que se le trate a mi hermana con delicadeza!". Ese arrebato me costó escuchar toda clase de improperios; los cuáles, definitivamente, no deseo rememorar.

Mi hermana, tenía la cabeza agachada, como si quisiera esconderla dentro del torso. Un ademán que se asemejó al de Pedro. Tal vez un signo, común sin duda, de la toma de consciencia sobre la insignificancia de uno, su vulnerabilidad como ser social...

Osvaldo, de pie,  parecía disfrutar del espectáculo. Nos humillaba, escupiendo alaridos de desprecio, mientras yo rezaba para que llegara Pedro y mi hermana se encontraba rendida, presa de su debilidad.

"¿Y qué pasa perra... Acaso sabes quién es el padre?". Mi hermana, sin levantar la mirada, le afirmó que el hijo era suyo. "¡Mírame la cara covarde! ¡No te enseñaron que es de mala educación desviar la mirada!", Osvaldo gritaba, mientras la sacudía, atrapada de los dos brazos. Yo me acerqué, y él amenazante, tomó una estatua de bronce de la cómoda. La tensión en el ambiente pronosticaba lo peor... Osvaldo, en un impulso bestial, golpeó a Beatriz en la cabeza, con la estatua de bronce. Ella cayó de lado en el piso, semiinconsciente. Él, poseído, pateaba su panza. Yo le agarraba las piernas en un acto desesperado, hasta que, me tomó del cogote y me arrojó a un rincón.

Tras unos minutos de pánico y traumático martirio, sonó el timbre. Llegó Pedro. Osvaldo arrastró a tu madre hasta la cocina por los pelos y me mandó con ella. Abrió la puerta, y en cuanto vió que era Pedro, le pegó un puñetazo sin previo aviso. Pedro trató de dialogar pero Osvaldo era un caballo desbocado, que daba coces sin reflexionar.  

Se pelearon violentamente hasta que arribó la policía. Pedro- lo supe después- la había llamado. Ya en la comisaria, denunció a Osvaldo como agresor. De esa forma, Osvaldo necesitaba defenderse, lo que nos brindó un periodo de tregua.

Beatriz se tiró algunas semanas en el hospital. Los doctores querían asegurarse de que ambos, ella y tú, un feto de 5 meses, no habían sufrido mayores daños. Pedro la visitaba todos los días. La cuidaba con una diligencia innegable. Así, a través del infortunio, fortalecieron el hermoso vínculo que los unía.

Tras tres meses de ajetreo legal, una de las principales interrogantes pendientes, era la identidad de tu padre. Osvaldo, abogados de por medio- debido a que la justicia dispuso una medida cautelar de distanciamiento- declaró que no estaba dispuesto a hacerse la prueba de paternidad

Para Beatriz, creo yo, esa fue la gota que colmó el vaso. Podía soportar que Osvaldo no la quisiera como realmente es, pero que no quisiera a un posible hijo suyo, ni siquiera un poco, lo suficiente para instigarle a averiguar, le parecía patético.

Pedro, al enterarse de la decisión de Osvaldo, se ofreció para hacer el test. Finalmente, por exclusión, sabríamos quién es tu padre biológico. Aunque mucho no deberá importarte...

Aquí lo tengo, el resultado escrito con lágrimas y renacimiento, letras grises y sello; debidamente avalado con la firma del doctor.

Apoyada sobre el vidrio, reitero: sí, te contaré tu historia. Ansío que sepas valorar al noble Pedro que- si bien no es tu padre biológico- lo es en el total significado de la palabra. Es el mejor padre que podrías tener.

domingo, 10 de junio de 2012

La hazaña

A través de los lentes rectangulares, proyecta su vida con ordinaria alineación- o alienación, tal vez... Esa línea es la que segmenta su universo miope, traduce su sistema burocrático; un universo de certezas predefinidas, de tácitas teorías.

Así la observa, a través del cristal turbio, con mirada voraz, incisiva, callada. Capta todos los detalles externos, gracias a la maña de los años nutridos de escrutinio intuitivo y disciplinado.

Mira sus manos: la izquierda, la derecha. Podría ser cualquiera, la tuya o la mía... Pero son sus manos: inseguras, rosáceas, litigantes. Manos capaces de componer melodías, uniendo sílabas y acordes en perfecto equilibrio. Ellas reflejan una sensibilidad despierta y hallan, entre las grietas de la rigidez mandataria, su oasis: ese libreto liberador en el cual plasma su voz, en dónde la vuelca visceralmente, en auténtica conexión con el presente. 

Una conexión momentánea, una curva no planeada en los carriles de la razón; se disipa al segundo, perdida entre los restos de la esencia obnubilada por la sombra de la realidad.

Una realidad rutinaria, tosca. La mecánica diaria de cortar fiambre en una tienda familiar.

El hombre con sus lentes, en apariencia, es un gran defensor de las tradiciones. Afirma que son un sacrificio necesario, y gratamente se curva ante el designio de prolongar los más de 35 años que existencia del negocio.

Una rendición que, superficialmente voluntaria, ha relegado su corazón a un segundo plano, dónde apenas se le distingue.  Moribundo, es casi el cuerpo desfallecido de la pasión. En ese plano, los sueños blancos están sucios, agrisados, envejecidos. Solo vibra una luz tenue, que alumbra el papel y el bolígrafo, refugio del convaleciente.

Pero no importa. Su amabilidad y obediencia son vanagloriadas por parientes,  consideradas como el bastión de la buena educación, del modelo a seguir. Ambas apócrifas, caducas, fugaces como una sonrisa automática de buenos días. Una especie de antifaz del dolor; un adorno para la impotencia latente.

Nadie, en verdad, logra descifrar el mensaje detrás de esos rectángulos. Son un escudo que disimula la vulnerabilidad, la incontrolable frustración. Nadie percibe, pues, que en el refugio del doliente, hay un arma cargada.  Ni siquiera su propio portador.

Él, de hecho, asume su personaje. Usa sus dotes artísticas para retratar la imagen esperada. Se enorgullece de ser el modelo familiar, la cordura, la garantía de un futuro próspero. Al fin de cuentas, es de los pocos caprichos que le permite a su ego... Sí, un respiro para una mente atrapada en esa máscara que emula la conducta de otros, tal cual señala la mayoría de sus clientes : "Cada día más parecido a su padre"...

Diferente a su hermano. Éste despegó sus alas en cuanto pudo y dedicó a reconstruirse en solitario.  Un rebelde que hoy es juzgado como un egoísta, ingrato, puesto que renunció al proyecto familiar. Sobre todo por el hombre de lentes rectangulares, que se siente- y se sintió-  traicionado por el hermano mayor. Traicionado por su ídolo, su héroe, antaño su modelo a seguir. Una traición que le magulla tan aguda como su propia culpa inconsciente.

Su hermano también estima a la familia. Y vuelve al nido, tras algunos años de ausencia aventurera.  Cuenta historias fantásticas, sobre culturas lejanas, romances apasionados y experiencias inolvidables. Cautiva a la audiencia, admirada y expectante por alguna novedad específica que, sin duda, lo trae de regreso a casa. Todos lucen muy contentos, salvo el hombre de lentes rectangulares. Su mirada es, como de costumbre, ininteligible. Sus manos, no obstante, denotan un nerviosismo ascendente.

Así que en un momento, el hermano mayor anuncia la buena noticia: van a publicar su primera novela. Hay un silencio decisivo, unos minutos de incertidumbre para el portador de la novedad. Él busca la aprobación de su familia. El logro no sería completo si no es reconocido, también, por sus afectos. De a poco, los susurros de felicitación van surgiendo. Hasta el papá del clan, dueño del "imperio" al que su hijo abdicó, termina por decir: "Creí que ibas a ser un vagabundo de por vida pero veo que algo útil has hecho. Estoy orgulloso de ti".

En ese preciso instante, del otro lado de la mesa, se escucha el ruido de una copa que se rompe. Las manos temblorosas del hombre de lentes rectangulares, están cubiertas de sangre. Él ha partido la copa, en un arrebato de ira enfocada. Se levanta de inmediato, va a la cocina. Los demás cruzan miradas atónitas, preguntándose el motivo de tal ímpetu. Detrás del herido, va la madre aprensiva. Lo encuentra acalorado, ensimismado, mirando fijamente el agua que corre por sus manos ensangrentadas.  Se acerca con un trapo para limpiarle. Ella percibe que la noticia le ha afectado de una manera perturbadora.
-Déjame verte las manos. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás tan colorado?- indaga la madre
- Nada, me sorprende que ustedes aplaudan la dejadez de mi hermano en relación a su familia- responde con amargura.
- Pero dejémoslo estar. Ya sabes cómo es tu hermano... Él ha hecho otras elecciones, y nuestra tienda sigue en pie, gracias a tu sabia gestión.- dice la madre contenedora.
- Sí, estoy condenado a una vida de trabajos forzados, a una cárcel disfrazada de labor...
- ¡Pero si eres un ejemplo! El hijo que toda madre quisiera tener- refuerza su madre el papel que le corresponde...

Mientras recuerda algunas líneas borrosas de su rol de buen samaritano, se dispersa por unos segundos

- ¿Por qué no lo felicitas? Es tu hermano... ¡Además eres un chico bueno! -   la madre recita nuevamente su oración preferida

El hombre de lentes sale de la cocina con el mismo arrebato que lo ha llevado a romper la copa. Va en dirección de su hermano y le dice provocador:

- Mis felicitaciones... ¡Finalmente vas a poder ganar algo de dinero y dejarás de vivirnos!

Al hermano mayor se le nubla la apariencia. La sonrisa da lugar a una mueca de desagrado.

- Bueno, sí, siempre he ganado algo de dinero pero ahora ya no tendré que pedirles ayuda... Pero, dime,  ¿no te alegras por mi mérito?-
- Digamos que me alegro que al menos tú hayas podido realizar un sueño... Aunque una idea rumiante me persigue: creo que alguien debería pagar el precio por mi vida desgraciada. Yo ya no tengo más monedas...- responde enardecido.
El hermano mayor se le acerca con el afán de abrazarlo. Él lo empuja, lo tira al suelo. La madre se asusta y grita. El padre intenta detenerlo. Hay forcejeo, también lo tira furiosamente contra un mueble.
La madre estira su mano trémula, rogando que se detenga. Pero el hombre, ahora ya sin lentes, no responde ni siquiera a su nombre. Vuelve a la cocina. El hermano va detrás, tratando de tranquilizarlo. Toca su espalda. El hombre sin lentes gira bruscamente, portando una de las herramientas en la que es diestro: el cuchillo de cortar fiambre. El hermano se aleja aterrado. Lo encara sorprendido. Observa como el rostro carmesí, sin lentes, delata el compás acelerado de sus venas pulsantes. Ese rostro transmite un mensaje claro, a la vez que sombrío.
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan enajenado?
- ¡Me robaste la vida! Yo tuve que mantener a nuestros padres, mientras nos abandonaste para vivir un sinfín de peripecias... Y encima vienes ahora a restregármelas en la cara...
-No he venido a restregar nada, vengo a compartir...- intenta hablar el hermano pero es interrumpido por los alaridos del rostro carmesí.
-¡Soy tu víctima! Te di mi vida para que pudieras disfrutar de la tuya... Para que pudieras cumplir mi mayor sueño frustrado...

Habla sin mirarle a su hermano, camina de un lado a otro mientras enarbola el cuchillo como si fuera la extensión de su brazo. Y sigue:
- Aquí estoy: lo único que me queda es aceptar mi papel de ejemplo, de hijo perfecto; resignarme a la  vida hueca, con encefalograma plano, a la que me veo obligado a afrontar. Y encima, pese al poco fundamento que la sostiene, también quieres ocupar esa posición. No... ¿Cómo nadie se da cuenta de tu avaricia?- y se larga a llorar con una ferocidad inusitada.
La madre al verlo así, cruza el soportal de la cocina para consolarlo. Cuando le toca la cabeza, él se levanta abruptamente y le agarra del brazo. Se lo aleja con violencia. El hermano mayor reacciona con el fin de defenderla. Se le acerca de frente, en postura amenazante.
El hombre sin lentes, baja la cabeza, mira sus pies, y sin meditarlo, observa como su mano derecha ensagrentada le clava el cuchillo en el estómago... El hermano cae, en posición fetal, y pinta el piso de la cocina de horror. 
El hombre sin lentes suelta el cuchillo y empieza a golpearse la cabeza. Se acurruca en un rincón, temblando ante el horrendo espectáculo. La madre gimiente, grita descontrolada y pide auxilio. El padre llama a la ambulancia.
El hombre desnudo y acurrado, es ahora la triste imagen de la traición que ha repudiado. Al fin de cuentas siempre fue, y continuará siendo, la víctima de su propias decisiones...