Apoyada sobre el vidrio que separa la incubadora de la sala de observación, recuerdo los primeros pasos- aún en el vientre materno- de mi sobrino recién nacido: Alfredo Doga Vargas. Todavía siendo una sorpresa, un deseo notorio a la vez que controversial, su corazoncito embriogénico latía rápido y contundente; pareciera anunciar los cambios de rumbo inminentes y la certeza de su condición de brújula de nuestros destinos.
Así, con una mano sobre el cristal frío- cual libro sagrado- emito una promesa: "contaré tu historia: esa en la cual participaste, pero que no recordarías..."
Y permanezco largo rato, a merced de las imágenes y sonidos que pueblan mi mente. En la otra mano, un sobre abierto, timbrado con el logotipo de un laboratorio genético.
Sí, sí... Cuándo sea oportuno, podré contártela; te relataré cómo la divergencia se fundió en un crisol de eventos conturbados y decisiones casuales.
Describiré mi percepción de tu madre: Beatriz. Sí, te hablaré de sus errores, de su fresca ingenuidad que, pese a todo, recuperó el vigor de estrella nueva. Citaré también a Osvaldo- prefiero no ocultarte este personaje crucial, aunque me costará ser objetiva. Y sobre todo, alabaré la gran amistad que unió a Pedro y a mi hermana: tu madre.
Una sólida amistad de la infancia; su recuerdo me inunda de ternura... Parecía inquebrantable, incorruptible. Jugábamos todos juntos, con los demás chicos del club. Pero, al ritmo de la rueda incesante que es la vida, cambiamos. Ya en la adolescencia, observé como Pedro pasó a dedicar mucho más tiempo a mi hermana. Sospeché que él se había enamorado de ella.
Pero la confirmación se hizo rogar. Hasta que un día, momento en el cual la confesión era menester dadas las circunstancias, Beatriz me lo dijo... Me contó que acudió a una fiesta al aire libre con Pedro, que empezó a llover y se empaparon. La casa de Pedro estaba muy cerca del lugar, por lo que allá buscaron cobijo.
"Y entre risas y rayos, de súbito, la mirada de Pedro quedó fija en mis pezones, que se insinuaban detrás de la remera de lino blanca", susurró mi hermana con sonrisa plena. "No pudimos controlarnos, tal vez por el vino, por el cariño que nos une... No sé...Hicimos el amor". Súbitamente, su sonrisa iluminada dio lugar a unos ojos ensombrecidos. Entonces nuestra conversación se convirtió en una especie de reunión profesional, cuyo mero objetivo era trazar acciones de contingencia para volver a encajarse en el plan principal.
El plan principal consistía en perseverar en su inestable relación con Osvaldo, en sus promesas de felicidad caduca. Osvaldo era el candidato perfecto, según sus parámetros de ideal amoroso: próspero, atractivo, bien relacionado. La clase de hombre que le enorgullecería presentar a los maridos de sus amigas.
Pedro- poco agraciado, cuyos hombros sienten una atracción irrevocable hacia el suelo- no cuadraba en esa guía del hombre ideal. Así que mi hermana prefirió borrar el suceso de la noche lluviosa y la dádiva de aquélla involuntaria sonrisa brillante
A pesar de que le señalé la contradicción en que la que estaba inmersa, se dedicó de cuerpo y alma a una clase de juego de las adaptaciones. Esas amigas suyas, curiosa influencia, lucían similar: parecían descender de los mismos genes. Probablemente por las diversas cirugías estéticas a las que se sometieron- dos o tres al año, por lo menos: que si una nariz nueva para el primer hijo, una liposucción post embarazo... en fin, una lista interminable de motivos de lo más variopinta. Lo cierto es que Bea quería convertirse en la viva imagen del anhelo de su entorno, de acuerdo a la guía de la mujer perfecta, la que circula copiosamente- a un módico precio- por los canales de televisión.
Y así fue, la mujer perfecta: una muñeca perfectamente maltratada. A los pocos meses de vivir juntos, Osvaldo se delató. La pulcritud propia de los comerciales de crema dental fue sustituida por la negritud de las crónicas de violencia doméstica. Mi hermana, todavía no logro comprender las razones, permaneció al lado de su verdugo, proveedor de joyas y odio. En ese momento la maldije por estúpida, por hacer con que me sintiera impotente ante la rabia que me generaban las agresiones de Osvaldo hacia ella. Solíamos discutir a menudo, sobre todo porque ella siempre justificaba las actitudes de él, para concluir por responsabilizarse por su enajenación mental.
Hasta que, después de algunos episodios de palizas y palabras venenosas, tu madre, visiblemente aterrada, confesó que estaba embarazada y que tenía mucho miedo de decírselo a Osvaldo. Al parecer, Osvaldo descubrió que Pedro y ella habían dormido juntos. No me sorprendió al escucharlo: cualquiera que observara la mirada encendida de Pedro cuándo se encontraban, se daría cuenta de inmediato. Lo que sí me sorprendió es que Osvaldo tenía un amplio abanico de amantes, a las que no trataba de ocultar en absoluto.
La situación tendía a inmolarse de una forma u otra. Porque así es todo, querido Alfredo: las personas devienen y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa...
Tu corazón célere y contundente, esa brújula, reclamaba su espacio en el mundo. Beatriz- reflejando tu mudo reclamo, pienso a veces- me dijo con una convicción profunda, oriunda de las entrañas: quiero tener a mi bebé.
Entonces, una tardecita en mi casa, Osvaldo telefoneó. Nosotras habíamos combinado previamente: era mejor comunicárselo a distancia. En cuanto Beatriz pronunció la frase: "estoy embarazada", se pudo escuchar con nitidez a Osvaldo que dijo: "¿Y me lo comunicas por teléfono? Me parece de extremo mal gusto, típico en ti... Voy a buscarte" y colgó.
Pensé que quizás fuera más prudente salir de mi casa. Miré a mi hermana: nunca la vi tan pasiva... Esa escena me rescató de la memoria la película "Bambi", que veíamos de chicas. Beatriz era Bambi, un gabato asustado frente a su depredador.
Decidí por las dos. Vamos a enfrentarlo, tarde o temprano habrá que hacerlo. "Mejor llamo a Pedro", cavilé... Y así lo hice. Al comienzo el pobre no entendió nada; hacía algún tiempo que no nos hablábamos. Le resumí el panorama, le dije: "necesitamos tu soporte porque Osvaldo está muy nervioso, viene hacia mi casa y tememos la reacción que puede tener ya que acabamos de comunicarle que Beatriz está embarazada". Pedro se quedó mudo. Luego de unos dolorosos segundos, preguntó: "¿Y no está contento?". A lo que respondí: "No, no, más bien está muy enojado. No desea a ese hijo, sobre todo porque puede que no sea el padre". Pedro reaccionó consternado: "¡¿Cómo?!. En ese instante sonó el timbre: era Osvaldo. Le insistí: "vente ya. Este tipo es violento. Acaba de llegar... Tengo que abrirle la puerta".
Abrí la puerta. Osvaldo irradiaba una energía avasalladora: sus ojos tenían las pupilas dilatadas, su respiración caliente pulsaba acelerada. "¿Dónde está?", me preguntó a bocajarro. "Está sentada en el living. Vino derecho del hospital acá, luego de recibir el resultado de los análisis", le respondí. Él me empujó y se dirigió al living. Se sentó a su lado, le agarró de la muñeca y le ordenó. "Vámonos a casa ahora mismo. Este tipo de asuntos hay que tratarlos entre la pareja, como corresponde". Y la levantó abruptamente del sofá. Yo, en un ímpetu de valentía imprudente, le advertí: "¡En mi casa exijo que se le trate a mi hermana con delicadeza!". Ese arrebato me costó escuchar toda clase de improperios; los cuáles, definitivamente, no deseo rememorar.
Mi hermana, tenía la cabeza agachada, como si quisiera esconderla dentro del torso. Un ademán que se asemejó al de Pedro. Tal vez un signo, común sin duda, de la toma de consciencia sobre la insignificancia de uno, su vulnerabilidad como ser social...
Osvaldo, de pie, parecía disfrutar del espectáculo. Nos humillaba, escupiendo alaridos de desprecio, mientras yo rezaba para que llegara Pedro y mi hermana se encontraba rendida, presa de su debilidad.
"¿Y qué pasa perra... Acaso sabes quién es el padre?". Mi hermana, sin levantar la mirada, le afirmó que el hijo era suyo. "¡Mírame la cara covarde! ¡No te enseñaron que es de mala educación desviar la mirada!", Osvaldo gritaba, mientras la sacudía, atrapada de los dos brazos. Yo me acerqué, y él amenazante, tomó una estatua de bronce de la cómoda. La tensión en el ambiente pronosticaba lo peor... Osvaldo, en un impulso bestial, golpeó a Beatriz en la cabeza, con la estatua de bronce. Ella cayó de lado en el piso, semiinconsciente. Él, poseído, pateaba su panza. Yo le agarraba las piernas en un acto desesperado, hasta que, me tomó del cogote y me arrojó a un rincón.
Tras unos minutos de pánico y traumático martirio, sonó el timbre. Llegó Pedro. Osvaldo arrastró a tu madre hasta la cocina por los pelos y me mandó con ella. Abrió la puerta, y en cuanto vió que era Pedro, le pegó un puñetazo sin previo aviso. Pedro trató de dialogar pero Osvaldo era un caballo desbocado, que daba coces sin reflexionar.
Se pelearon violentamente hasta que arribó la policía. Pedro- lo supe después- la había llamado. Ya en la comisaria, denunció a Osvaldo como agresor. De esa forma, Osvaldo necesitaba defenderse, lo que nos brindó un periodo de tregua.
Beatriz se tiró algunas semanas en el hospital. Los doctores querían asegurarse de que ambos, ella y tú, un feto de 5 meses, no habían sufrido mayores daños. Pedro la visitaba todos los días. La cuidaba con una diligencia innegable. Así, a través del infortunio, fortalecieron el hermoso vínculo que los unía.
Tras tres meses de ajetreo legal, una de las principales interrogantes pendientes, era la identidad de tu padre. Osvaldo, abogados de por medio- debido a que la justicia dispuso una medida cautelar de distanciamiento- declaró que no estaba dispuesto a hacerse la prueba de paternidad
Para Beatriz, creo yo, esa fue la gota que colmó el vaso. Podía soportar que Osvaldo no la quisiera como realmente es, pero que no quisiera a un posible hijo suyo, ni siquiera un poco, lo suficiente para instigarle a averiguar, le parecía patético.
Pedro, al enterarse de la decisión de Osvaldo, se ofreció para hacer el test. Finalmente, por exclusión, sabríamos quién es tu padre biológico. Aunque mucho no deberá importarte...
Aquí lo tengo, el resultado escrito con lágrimas y renacimiento, letras grises y sello; debidamente avalado con la firma del doctor.
Apoyada sobre el vidrio, reitero: sí, te contaré tu historia. Ansío que sepas valorar al noble Pedro que- si bien no es tu padre biológico- lo es en el total significado de la palabra. Es el mejor padre que podrías tener.
sábado, 23 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
La hazaña
A través de los lentes rectangulares, proyecta su vida con ordinaria alineación- o alienación, tal vez... Esa línea es la que segmenta su universo miope, traduce su sistema burocrático; un universo de certezas predefinidas, de tácitas teorías.
Así la observa, a través del cristal turbio, con mirada voraz, incisiva, callada. Capta todos los detalles externos, gracias a la maña de los años nutridos de escrutinio intuitivo y disciplinado.
Mira sus manos: la izquierda, la derecha. Podría ser cualquiera, la tuya o la mía... Pero son sus manos: inseguras, rosáceas, litigantes. Manos capaces de componer melodías, uniendo sílabas y acordes en perfecto equilibrio. Ellas reflejan una sensibilidad despierta y hallan, entre las grietas de la rigidez mandataria, su oasis: ese libreto liberador en el cual plasma su voz, en dónde la vuelca visceralmente, en auténtica conexión con el presente.
Una conexión momentánea, una curva no planeada en los carriles de la razón; se disipa al segundo, perdida entre los restos de la esencia obnubilada por la sombra de la realidad.
Una realidad rutinaria, tosca. La mecánica diaria de cortar fiambre en una tienda familiar.
El hombre con sus lentes, en apariencia, es un gran defensor de las tradiciones. Afirma que son un sacrificio necesario, y gratamente se curva ante el designio de prolongar los más de 35 años que existencia del negocio.
Una rendición que, superficialmente voluntaria, ha relegado su corazón a un segundo plano, dónde apenas se le distingue. Moribundo, es casi el cuerpo desfallecido de la pasión. En ese plano, los sueños blancos están sucios, agrisados, envejecidos. Solo vibra una luz tenue, que alumbra el papel y el bolígrafo, refugio del convaleciente.
Pero no importa. Su amabilidad y obediencia son vanagloriadas por parientes, consideradas como el bastión de la buena educación, del modelo a seguir. Ambas apócrifas, caducas, fugaces como una sonrisa automática de buenos días. Una especie de antifaz del dolor; un adorno para la impotencia latente.
Nadie, en verdad, logra descifrar el mensaje detrás de esos rectángulos. Son un escudo que disimula la vulnerabilidad, la incontrolable frustración. Nadie percibe, pues, que en el refugio del doliente, hay un arma cargada. Ni siquiera su propio portador.
Él, de hecho, asume su personaje. Usa sus dotes artísticas para retratar la imagen esperada. Se enorgullece de ser el modelo familiar, la cordura, la garantía de un futuro próspero. Al fin de cuentas, es de los pocos caprichos que le permite a su ego... Sí, un respiro para una mente atrapada en esa máscara que emula la conducta de otros, tal cual señala la mayoría de sus clientes : "Cada día más parecido a su padre"...
Diferente a su hermano. Éste despegó sus alas en cuanto pudo y dedicó a reconstruirse en solitario. Un rebelde que hoy es juzgado como un egoísta, ingrato, puesto que renunció al proyecto familiar. Sobre todo por el hombre de lentes rectangulares, que se siente- y se sintió- traicionado por el hermano mayor. Traicionado por su ídolo, su héroe, antaño su modelo a seguir. Una traición que le magulla tan aguda como su propia culpa inconsciente.
Su hermano también estima a la familia. Y vuelve al nido, tras algunos años de ausencia aventurera. Cuenta historias fantásticas, sobre culturas lejanas, romances apasionados y experiencias inolvidables. Cautiva a la audiencia, admirada y expectante por alguna novedad específica que, sin duda, lo trae de regreso a casa. Todos lucen muy contentos, salvo el hombre de lentes rectangulares. Su mirada es, como de costumbre, ininteligible. Sus manos, no obstante, denotan un nerviosismo ascendente.
Así que en un momento, el hermano mayor anuncia la buena noticia: van a publicar su primera novela. Hay un silencio decisivo, unos minutos de incertidumbre para el portador de la novedad. Él busca la aprobación de su familia. El logro no sería completo si no es reconocido, también, por sus afectos. De a poco, los susurros de felicitación van surgiendo. Hasta el papá del clan, dueño del "imperio" al que su hijo abdicó, termina por decir: "Creí que ibas a ser un vagabundo de por vida pero veo que algo útil has hecho. Estoy orgulloso de ti".
En ese preciso instante, del otro lado de la mesa, se escucha el ruido de una copa que se rompe. Las manos temblorosas del hombre de lentes rectangulares, están cubiertas de sangre. Él ha partido la copa, en un arrebato de ira enfocada. Se levanta de inmediato, va a la cocina. Los demás cruzan miradas atónitas, preguntándose el motivo de tal ímpetu. Detrás del herido, va la madre aprensiva. Lo encuentra acalorado, ensimismado, mirando fijamente el agua que corre por sus manos ensangrentadas. Se acerca con un trapo para limpiarle. Ella percibe que la noticia le ha afectado de una manera perturbadora.
-Déjame verte las manos. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás tan colorado?- indaga la madre
- Nada, me sorprende que ustedes aplaudan la dejadez de mi hermano en relación a su familia- responde con amargura.
- Pero dejémoslo estar. Ya sabes cómo es tu hermano... Él ha hecho otras elecciones, y nuestra tienda sigue en pie, gracias a tu sabia gestión.- dice la madre contenedora.
- Sí, estoy condenado a una vida de trabajos forzados, a una cárcel disfrazada de labor...
- ¡Pero si eres un ejemplo! El hijo que toda madre quisiera tener- refuerza su madre el papel que le corresponde...
Mientras recuerda algunas líneas borrosas de su rol de buen samaritano, se dispersa por unos segundos
- ¿Por qué no lo felicitas? Es tu hermano... ¡Además eres un chico bueno! - la madre recita nuevamente su oración preferida
El hombre de lentes sale de la cocina con el mismo arrebato que lo ha llevado a romper la copa. Va en dirección de su hermano y le dice provocador:
- Mis felicitaciones... ¡Finalmente vas a poder ganar algo de dinero y dejarás de vivirnos!
Al hermano mayor se le nubla la apariencia. La sonrisa da lugar a una mueca de desagrado.
- Bueno, sí, siempre he ganado algo de dinero pero ahora ya no tendré que pedirles ayuda... Pero, dime, ¿no te alegras por mi mérito?-
- Digamos que me alegro que al menos tú hayas podido realizar un sueño... Aunque una idea rumiante me persigue: creo que alguien debería pagar el precio por mi vida desgraciada. Yo ya no tengo más monedas...- responde enardecido.
Así la observa, a través del cristal turbio, con mirada voraz, incisiva, callada. Capta todos los detalles externos, gracias a la maña de los años nutridos de escrutinio intuitivo y disciplinado.
Mira sus manos: la izquierda, la derecha. Podría ser cualquiera, la tuya o la mía... Pero son sus manos: inseguras, rosáceas, litigantes. Manos capaces de componer melodías, uniendo sílabas y acordes en perfecto equilibrio. Ellas reflejan una sensibilidad despierta y hallan, entre las grietas de la rigidez mandataria, su oasis: ese libreto liberador en el cual plasma su voz, en dónde la vuelca visceralmente, en auténtica conexión con el presente.
Una conexión momentánea, una curva no planeada en los carriles de la razón; se disipa al segundo, perdida entre los restos de la esencia obnubilada por la sombra de la realidad.
Una realidad rutinaria, tosca. La mecánica diaria de cortar fiambre en una tienda familiar.
El hombre con sus lentes, en apariencia, es un gran defensor de las tradiciones. Afirma que son un sacrificio necesario, y gratamente se curva ante el designio de prolongar los más de 35 años que existencia del negocio.
Una rendición que, superficialmente voluntaria, ha relegado su corazón a un segundo plano, dónde apenas se le distingue. Moribundo, es casi el cuerpo desfallecido de la pasión. En ese plano, los sueños blancos están sucios, agrisados, envejecidos. Solo vibra una luz tenue, que alumbra el papel y el bolígrafo, refugio del convaleciente.
Pero no importa. Su amabilidad y obediencia son vanagloriadas por parientes, consideradas como el bastión de la buena educación, del modelo a seguir. Ambas apócrifas, caducas, fugaces como una sonrisa automática de buenos días. Una especie de antifaz del dolor; un adorno para la impotencia latente.
Nadie, en verdad, logra descifrar el mensaje detrás de esos rectángulos. Son un escudo que disimula la vulnerabilidad, la incontrolable frustración. Nadie percibe, pues, que en el refugio del doliente, hay un arma cargada. Ni siquiera su propio portador.
Él, de hecho, asume su personaje. Usa sus dotes artísticas para retratar la imagen esperada. Se enorgullece de ser el modelo familiar, la cordura, la garantía de un futuro próspero. Al fin de cuentas, es de los pocos caprichos que le permite a su ego... Sí, un respiro para una mente atrapada en esa máscara que emula la conducta de otros, tal cual señala la mayoría de sus clientes : "Cada día más parecido a su padre"...
Diferente a su hermano. Éste despegó sus alas en cuanto pudo y dedicó a reconstruirse en solitario. Un rebelde que hoy es juzgado como un egoísta, ingrato, puesto que renunció al proyecto familiar. Sobre todo por el hombre de lentes rectangulares, que se siente- y se sintió- traicionado por el hermano mayor. Traicionado por su ídolo, su héroe, antaño su modelo a seguir. Una traición que le magulla tan aguda como su propia culpa inconsciente.
Su hermano también estima a la familia. Y vuelve al nido, tras algunos años de ausencia aventurera. Cuenta historias fantásticas, sobre culturas lejanas, romances apasionados y experiencias inolvidables. Cautiva a la audiencia, admirada y expectante por alguna novedad específica que, sin duda, lo trae de regreso a casa. Todos lucen muy contentos, salvo el hombre de lentes rectangulares. Su mirada es, como de costumbre, ininteligible. Sus manos, no obstante, denotan un nerviosismo ascendente.
Así que en un momento, el hermano mayor anuncia la buena noticia: van a publicar su primera novela. Hay un silencio decisivo, unos minutos de incertidumbre para el portador de la novedad. Él busca la aprobación de su familia. El logro no sería completo si no es reconocido, también, por sus afectos. De a poco, los susurros de felicitación van surgiendo. Hasta el papá del clan, dueño del "imperio" al que su hijo abdicó, termina por decir: "Creí que ibas a ser un vagabundo de por vida pero veo que algo útil has hecho. Estoy orgulloso de ti".
En ese preciso instante, del otro lado de la mesa, se escucha el ruido de una copa que se rompe. Las manos temblorosas del hombre de lentes rectangulares, están cubiertas de sangre. Él ha partido la copa, en un arrebato de ira enfocada. Se levanta de inmediato, va a la cocina. Los demás cruzan miradas atónitas, preguntándose el motivo de tal ímpetu. Detrás del herido, va la madre aprensiva. Lo encuentra acalorado, ensimismado, mirando fijamente el agua que corre por sus manos ensangrentadas. Se acerca con un trapo para limpiarle. Ella percibe que la noticia le ha afectado de una manera perturbadora.
-Déjame verte las manos. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás tan colorado?- indaga la madre
- Nada, me sorprende que ustedes aplaudan la dejadez de mi hermano en relación a su familia- responde con amargura.
- Pero dejémoslo estar. Ya sabes cómo es tu hermano... Él ha hecho otras elecciones, y nuestra tienda sigue en pie, gracias a tu sabia gestión.- dice la madre contenedora.
- Sí, estoy condenado a una vida de trabajos forzados, a una cárcel disfrazada de labor...
- ¡Pero si eres un ejemplo! El hijo que toda madre quisiera tener- refuerza su madre el papel que le corresponde...
Mientras recuerda algunas líneas borrosas de su rol de buen samaritano, se dispersa por unos segundos
- ¿Por qué no lo felicitas? Es tu hermano... ¡Además eres un chico bueno! - la madre recita nuevamente su oración preferida
El hombre de lentes sale de la cocina con el mismo arrebato que lo ha llevado a romper la copa. Va en dirección de su hermano y le dice provocador:
- Mis felicitaciones... ¡Finalmente vas a poder ganar algo de dinero y dejarás de vivirnos!
Al hermano mayor se le nubla la apariencia. La sonrisa da lugar a una mueca de desagrado.
- Bueno, sí, siempre he ganado algo de dinero pero ahora ya no tendré que pedirles ayuda... Pero, dime, ¿no te alegras por mi mérito?-
- Digamos que me alegro que al menos tú hayas podido realizar un sueño... Aunque una idea rumiante me persigue: creo que alguien debería pagar el precio por mi vida desgraciada. Yo ya no tengo más monedas...- responde enardecido.
El hermano mayor se le acerca con el afán de abrazarlo. Él lo empuja, lo tira al suelo. La madre se asusta y grita. El padre intenta detenerlo. Hay forcejeo, también lo tira furiosamente contra un mueble.
La madre estira su mano trémula, rogando que se detenga. Pero el hombre, ahora ya sin lentes, no responde ni siquiera a su nombre. Vuelve a la cocina. El hermano va detrás, tratando de tranquilizarlo. Toca su espalda. El hombre sin lentes gira bruscamente, portando una de las herramientas en la que es diestro: el cuchillo de cortar fiambre. El hermano se aleja aterrado. Lo encara sorprendido. Observa como el rostro carmesí, sin lentes, delata el compás acelerado de sus venas pulsantes. Ese rostro transmite un mensaje claro, a la vez que sombrío.
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan enajenado?
- ¡Me robaste la vida! Yo tuve que mantener a nuestros padres, mientras nos abandonaste para vivir un sinfín de peripecias... Y encima vienes ahora a restregármelas en la cara...
-No he venido a restregar nada, vengo a compartir...- intenta hablar el hermano pero es interrumpido por los alaridos del rostro carmesí.
-¡Soy tu víctima! Te di mi vida para que pudieras disfrutar de la tuya... Para que pudieras cumplir mi mayor sueño frustrado...
Habla sin mirarle a su hermano, camina de un lado a otro mientras enarbola el cuchillo como si fuera la extensión de su brazo. Y sigue:
- ¡Me robaste la vida! Yo tuve que mantener a nuestros padres, mientras nos abandonaste para vivir un sinfín de peripecias... Y encima vienes ahora a restregármelas en la cara...
-No he venido a restregar nada, vengo a compartir...- intenta hablar el hermano pero es interrumpido por los alaridos del rostro carmesí.
-¡Soy tu víctima! Te di mi vida para que pudieras disfrutar de la tuya... Para que pudieras cumplir mi mayor sueño frustrado...
Habla sin mirarle a su hermano, camina de un lado a otro mientras enarbola el cuchillo como si fuera la extensión de su brazo. Y sigue:
- Aquí estoy: lo único que me queda es aceptar mi papel de ejemplo, de hijo perfecto; resignarme a la vida hueca, con encefalograma plano, a la que me veo obligado a afrontar. Y encima, pese al poco fundamento que la sostiene, también quieres ocupar esa posición. No... ¿Cómo nadie se da cuenta de tu avaricia?- y se larga a llorar con una ferocidad inusitada.
La madre al verlo así, cruza el soportal de la cocina para consolarlo. Cuando le toca la cabeza, él se levanta abruptamente y le agarra del brazo. Se lo aleja con violencia. El hermano mayor reacciona con el fin de defenderla. Se le acerca de frente, en postura amenazante.
El hombre sin lentes, baja la cabeza, mira sus pies, y sin meditarlo, observa como su mano derecha ensagrentada le clava el cuchillo en el estómago... El hermano cae, en posición fetal, y pinta el piso de la cocina de horror.
El hombre sin lentes, baja la cabeza, mira sus pies, y sin meditarlo, observa como su mano derecha ensagrentada le clava el cuchillo en el estómago... El hermano cae, en posición fetal, y pinta el piso de la cocina de horror.
El hombre sin lentes suelta el cuchillo y empieza a golpearse la cabeza. Se acurruca en un rincón, temblando ante el horrendo espectáculo. La madre gimiente, grita descontrolada y pide auxilio. El padre llama a la ambulancia.
El hombre desnudo y acurrado, es ahora la triste imagen de la traición que ha repudiado. Al fin de cuentas siempre fue, y continuará siendo, la víctima de su propias decisiones...
viernes, 1 de junio de 2012
Tierra de leones
*Petisco: aperitivo
* Boteco: bar común, de barrio
Bajo el cielo despejado, testigo en permanente vigilia, los muchachos juegan con su pelota gastada en torno de los charcos de agua contaminada. La botan de un lado a otro, con maestría, sorteando los obstáculos de los campos de barro esparcidos por la explanada. Desde una cierta perspectiva, tanto espacial como emocional, esos campos pueden verse como islotes, ya que juntos conforman una especie de archipiélago insalubre.
Debido a la densidad, a la sofocante humedad característica de febrero, se siente el aroma de las lagunas putrefactas. Un olor marinado en años de valores tergiversados, fosilizados, cimiento finalmente de sustentación de la memoria colectiva.
El sol veraniego golpea los techos de chapa plateada, un espejo refractario, que proyecta los rayos solares a ciento ochenta grados. Entra en las casas sencillas, por las ventanas sin cortina, desvelando a las madres con el alba. Las actividades cotidianas de tales señoras son el marcapaso que sintoniza los latidos de la comunidad. A su ritmo, tras despachar a hijos, nietos y maridos, se acomodan en la puerta de sus casas para observar el gentío, que sube y baja por las escaleras del morro. Evidentemente, están mejor informadas sobre los vaivénes de la favela que cualquier cronista local.
Arriba solo se avista el helicóptero del BOPE que sobrevuela los límites de la favela. Es una fuerza policial, entrenada para el conflicto directo, la atención de urgencias de índole criminal. Cumple con una rutina disciplinada y recurrente. Mantener la tensión, esa es su mayor tarea.
Tensión, en este caso, agudizada por el control del león enjaulado en su propia selva; el Dios de la mayor favela de América Latina: Zé Cabeza. Uno de los narcotraficantes más peligrosos de Rio de Janeiro. Se le imputan a él y a sus aliados un sinfín de actos delictivos: tráfico de drogas, armas, asesinatos, extorsión, robos, entre otros. Estos actos deberían ser suficientes para meterlos tras las rejas. No obstante aquí los tenemos. Al menos monitoreados por el BOPE.
Es sabido que el tráfico de drogas es un negocio jugoso, manejado por unos pocos y que involucra a mucha gente. Los residentes, “favelados”, asumen con resignada dignidad- y miedo- su falta de libertad. Libertad condicionada por la ausencia de recursos, por la negligencia de los padres gubernamentales que permitieron que floreciera- y creciera- una cultura popular basada en la carencia, en la exclusión; un submundo "invisible" aunque influyente.
Un microambiente al fin- o macro según sus dimensiones- coaccionado por los leones de la droga. Ellos son los verdaderos “guardianes” en su territorio. Inclusive cobran conocidos impuestos, a los humildes residentes, para proveerles de seguridad. El perverso juego del verdugo y el salvador: los protegen de las violentas invasiones de pandillas externas o de la extorsión de los corruptos policías militares del estado. Estos policías son compañeros laborales de los miembros del BOPE, que a su vez, es un batallón creado para suplir la ineficiencia de sus colegas.
Tanto la policía militar del area como la unidad del BOPE correspondiente, conocen muy bien a Zé Cabeza. Se trata de un hombre joven, de 35 años, quién nació y creció en el morro de la Rocinha. Su padre fue un borracho, vagabundo, que terminó tristemente sus días al lado de una botella, aplastado en las vías del tren. Su madre, Doña Miriam, incansable trabajadora, reparte su tiempo entre el trabajo, sus hijos y la iglesia evangélica, a la que es asidua.
-He escuchado la charla de los muchachos esta mañana, de los amigos de tu hijo, cuando fui al supermercado, el que está en esa esquina adonde suelen reunirse. Llevaban un periódico en la mano, señalaban la foto de un muchacho asesinado a balazos… - dice una beata entristecida
- Sí, he visto esa foto. No tuvieron clemencia con ese pobre niño. Creo que tenía tan solo 16 años. ¡Qué Jesucristo guíe su alma por los caminos de luz! Pobre de su familia, que desgracia...- proclama, nítidamente afectada, Doña Miriam.
- ¿Qué ha pasado con nuestra juventud? Tenemos que atraer los muchachos desde niños a la iglesia, así los alejamos de toda esa violencia, esa porquería...- agrega la beata comprometida
Doña Miriam asiente y se queda absorta. En un momento se le frunce el ceño y la beata la abraza con ternura. Conocía al muchacho asesinado e intuye que haya sido más uno de los trabajitos articulados por su hijo. Luego de unos instantes de penoso silencio, le dice a la beata: "Vamos a preparar los disfraces para el desfile de carnaval de los niños. Nos quedan 2 semanas. He traído alguna ropa que he podido reunir con la comunidad. ¡Hay mucho trabajo por hacer!". Entonces vuelca su pesar condensado en los quehaceres en favor de los demás. De alguna manera cree que su conducta generosa ayudará a redimir los errores del alma perdida de su hijo mayor.
Además de Zé Cabeza, tiene un hijo menor de 10 años, por lo que se esmera puntualmente para trasmitirle un ejemplo más positivo del que tuvo Zé durante la infancia. No necesita formación académica para percibir cómo los vicios, la crueldad- el ambiente en fin- de la crianza de Zé Cabeza colaboró para que se extinguiera la nata pureza de su alma.
Así que trabaja diariamente en la casa de una pareja de doctores, Sr. y Sra. Mattos, localizada en Leblon. Cuidó a los hijos de esa familia desde muy chicos. Es muy querida y cuenta con la confianza de todos. Inclusive Zé Cabeza, cuando niño, frecuentó bastante la casa de los doctores.
Actualmente adultos, los hijos queridos siguieron senderos muy distintos. Aparentemente...
El muchacho asesinado era de la boca- punto de venta de drogas- de Rocinha. Es decir, del cartel de Zé Cabeza. El hecho de que los amigos de Zé estuvieran burlándose de su cadáver es por demás preocupante: ¿Qué habría ocurrido para que, sus propios camaradas, lo borraran del mapa?...Esa es la pregunta que pulula en las pendientes de la favela. Se dice que el muchacho asesinado jugaba a dos bandas y que había estado contando parte de los planes que tenía Zé Cabeza a algunos de sus enemigos, competidores del "negocio".
Transcurren los días y el episodio del muchacho asesinado va cayendo en el olvido. En las calles de la comunidad se agita la colorida alegría del carnaval, tal vez como contrapunto consciente de la amargura que causa la desvalorización de la vida, tan común en esas calles.
Doña Miriam, sin embargo, lo vive diferente: ese asesinato aún la perturba sistemáticamente.
Hace mucho tiempo que desistió de corregirle a su hijo. Con el fin de tenerlo cerca, evita meterse en sus asuntos. Aunque en una de las visitas recurrentes que él le hace, no puede contener su curiosidad:
- Hijito mío, vi hace varios días la foto de un muchacho, torturado y muerto a tiros, en la portada del periódico... ¿Era uno de tus amigos, no?- pregunta sutilmente
- Tengo hambre- dice Zé mientras mira a su madre de soslayo, desconfiado, y se dirige hacia la heladera.
- Te preparo algo para cenar hijito. Déjame que lo busco yo- y se pone al lado de su hijo, enfrente a la heladera.
- Mejor me voy a comer unos petiscos* en lo de Carlinhos. ¡Se me ha olvidado que en esta basura de casa no hay cerveza!- y aparta bruscamente a su madre
- Yo te preparo algo rico, casero, en un instante.- la madre lo arropa, pese a su resistencia.
- Tengo hambre- dice Zé mientras mira a su madre de soslayo, desconfiado, y se dirige hacia la heladera.
- Te preparo algo para cenar hijito. Déjame que lo busco yo- y se pone al lado de su hijo, enfrente a la heladera.
- Mejor me voy a comer unos petiscos* en lo de Carlinhos. ¡Se me ha olvidado que en esta basura de casa no hay cerveza!- y aparta bruscamente a su madre
- Yo te preparo algo rico, casero, en un instante.- la madre lo arropa, pese a su resistencia.
Se sienta a disgusto. Está muy alterado, con los ojos inyectados en sangre por las varias noches sin dormir y los diversos químicos ingeridos... Doña Miriam, profunda conocedora de los demonios de su hijo, decide no tocar más en el asunto. Por lo menos de momento.
Tras un periodo corto de latente intranquilidad, un día en la iglesia, se escuchan comentarios sobre un robo efectuado a un millonario cargamento de armas blancas. Doña Miriam se apresura en agarrar el periódico para enterarse de los detalles. En el título del escabroso suceso, se indica el nombre de una de los principales fabricantes y exportadores de armas blancas de Brasil: "Condor Tecnologia Nao Letais". Abajo del encabezado, a la derecha de la página, una foto de un empleado de la compañía, secuestrado durante la acción: el Ingeniero Wladimir Mattos, gerente de operaciones internacionales. Él estaba en el puerto de Rio, coordinando el envío de la mercancía a Estados Unidos, cuando robada. Se especula sobre el motivo del secuestro del ejecutivo. Al parecer se trata de una artimaña de los delincuentes para ganar tiempo, es decir, para que no los persigan mientras eliminan las numeraciones, los registros de las armas usurpadas.
Mientras lee la noticia, comienza a sentirse mal y deja caer su cuerpo sobre una silla. Endeble como una caña en un vendaval, asusta a las beatas que se le acercan ipso facto. Después de unos minutos, ella balbucea que está todo bien, que ha sido una modesta bajada de presión arterial y que enseguida se recupera. Entonces van alejándose de a poco hasta que Doña Miriam se queda a solas con Beth, una de sus mejores amigas.
Beth la contempla, sabe que esa noticia le ha aflijido puntualmente. En un momento le aprieta la mano y le mira fijamente. Doña Miriam, en un impulso angustiado, toma el periódico y le señala la foto del secuestrado a Beth. "¿Sabes quién es este hombre?", pregunta cabizbaja. "Es como si fuera mi hijo... Es el hijo del Sr. y Sra. Mattos..." y solloza desconsoladamente.
Beth la abraza mientras su rostro se va volviendo pálido, a medida que registra de quién están hablando. "¡¿Qué está pasando Beth?! ¡¿Quiénes son los responsables por este robo, este secuestro?!"- pronuncia Doña Miriam con la voz que oscila entre control y desenfreno. Beth no sabe qué hacer pero atina a comentar que quizás haya sido otro grupo de delicuentes, otra pandilla... Entonces, como para tranquilizarla, propone que pidan a Dios protección al hijo de la familia Mattos. Rezan juntas. Doña Miriam también ora por Zé Cabeza.
Beth la abraza mientras su rostro se va volviendo pálido, a medida que registra de quién están hablando. "¡¿Qué está pasando Beth?! ¡¿Quiénes son los responsables por este robo, este secuestro?!"- pronuncia Doña Miriam con la voz que oscila entre control y desenfreno. Beth no sabe qué hacer pero atina a comentar que quizás haya sido otro grupo de delicuentes, otra pandilla... Entonces, como para tranquilizarla, propone que pidan a Dios protección al hijo de la familia Mattos. Rezan juntas. Doña Miriam también ora por Zé Cabeza.
Ahora Doña Miriam está especialmente atenta a los pasos de su hijo mayor. Desconfía de él, reconoce su forma de actuar. Medita sobre la posible relación entre la muerte del muchacho "chivato" con el robo y el secuestro. Son sucesos concatenados, que sí parecen tener una conexión más que casual.
En una tarde de acopios, se cruza con Cristiane, hija de una ex amiga. Cristiane viste una ropa que le va grande; luce distinta, como un poco hinchada. "Raro en esa chica, siempre con jeans ajustados y musculosas de poco paño... Parece un poco más gordita inclusive", piensa Doña Miriam.
Su ex amiga, Juliana, es del grupo de las vecinas de toda la vida, con la que tenía muy buena relación hasta que su hija, Cristiane, comenzó a salir con Zé Cabeza. Por supuesto que esa relación no le agradaba a Juliana, y de algún modo, se lo achacaba a Doña Miriam. Lo cierto es que ninguna de las dos- ni Doña Miriam, ni Juliana- sabe si Zé y Cristiane siguen viéndose.
A partir del encuentro vespertino, Doña Miriam decide vigilar de cerca los movimientos de Cristiane. Hasta que la ve besándose con Zé, en un bar de una callejuela oscura de la favela. Los examina, discretamente, desde la puerta del boteco*. De pronto nota que Cristiane, en verdad, está embarazada... "Puedo distinguirlo, soy madre... ¡No me caben dudas!"- brama para sí.
Se va, tiene suficiente por hoy. Concluye que el hijo que espera Cristiane es de Zé Cabeza. En el fondo se siente feliz, quisiera poder compartirlo, pero tiene que callárselo. Por lo tanto, con más razón, continuará vigilando a Cristiane. Aunque no preve las sorpresas que le deparará el plan que lleva a cabo...
Con la experiencia que adquirió cuando rastreaba a Zé Cabeza, tratando de enderezarlo, no le es difícil disimular su accionar ante el entorno. Cumple con sus tareas habituales y, en cuanto se encuentra a solas, a una hora determinada, se dirige a la fábrica donde Cristiane trabaja y, escondida, espera a que salga. No quiere que Cristiane se percate, sabe que dialogar con ella sería lo mismo que declarar a Zé Cabeza que lo anda rastreando nuevamente.
Observa que Cristiane sube a un auto. Cree que es el auto de Paulinho, mano derecha de Zé. No puede seguirlos, entonces se va a casa. En la oscuridad de su micrococina reflexiona: "¿Qué hacía Cristiane con Paulinho? Esa chica no es de fiar... ¡A lo mejor el hijo es de Paulinho!", su mente es un torbellino en una profusa espiral de preguntas sin respuesta. "Tengo que pedir que alguien me acompañe con auto. Se lo voy a decir a Beth."- concluye
Durante la misa en la mañana siguiente, los ecos de ese torbellino mental apenas permiten que escuche las palabras del pastor. Su mirada busca a Beth, la encuentra. Cuenta los minutos para que termine la ceremonia. En cuanto todos pronuncian el último amén de la tanda, Doña Miriam se acerca a Beth apresuradamente, simulando que se siente mal. Pide que la acompañe a casa y así, furtivamente, logra salir cuanto antes del lugar.
Beth observa cómo está trastocada. "¿Qué te pasa? Estás muy rara", pregunta. Doña Miriam no dice nada hasta que llegan a su residencia. Prepara café y se sientan.
- Te tengo que contar algo... Aún no sé si es bueno o malo...- y se toma un sorbo de café como si fuera aguardiente.
- ¡Cuéntamelo ya! Me estoy poniendo nerviosa
- Vixii... Creo que voy a ser abuela...
- ¿Cómo que vas a ser abuela? ¿A quién Zé ha dejado preñada?
- Pues creo que a Cristiane. Me la crucé en el supermercado. Vestía una ropa que nada que ver con ella. Me pareció muy extraño. Así que se me ocurrió seguirla.-
- ¡¿Seguirla?! ¿Por qué no hablaste con ella sin más?- pregunta atónita Beth
- Ay, no sé. Hace mucho que no charlo con ella, me he desentendido con su madre... No creo que quiera hablar conmigo- contesta Doña Miriam, ocultando el hecho de que vigila a Cristiane porque desconfía de las últimas andanzas de su hijo mayor.
- ¡Qué tontería! Bueno, ¿qué pasó? ¿Estás segura que está embarazada? Y... ¿Cómo sabes que es de Zé Cabeza?
- Ahí está. Estoy segurísima que está embarazada. Se le nota claramente. La vi besándose con Zé en el boteco oscuro.
- ¡¿Entonces es una buena noticia no?!- pregunta Beth un poco desconcertada
- En verdad no sé si el hijo no es de Paulinho... Vi cómo se iban juntos, la otra noche, en su auto. No sé... No me fío de esa chica... -
- No entiendo nada... ¿Cuánto tiempo llevas siguiéndola? ¿Pretendes continuar?
- Pues sí. Quiero pedirte que me acompañes en auto esta noche. Vayamos a la fábrica donde trabaja. La recogió Paulinho ahí la última vez. Luego iremos detrás de ellos para ver adónde van juntos y qué hacen.
-No sé. Me parece más sencillo que se lo preguntes a Zé en cualquier caso. Ya sabes qué no conviene menterse en sus asuntos...- reflexiona Beth prudentemente
- No, no. Zé a lo mejor no sabe acerca de Paulinho y Cristiane. Mejor lo sacamos en claro nosotras, así evitamos causar una riña innecesaria entre ellos.- dice astutamente Doña Miriam.
Beth medita por unos instantes- a sabiendas que Doña Miriam rastrea a su hijo- y termina aceptando el plan. Se presentan en la fábrica, a la hora marcada. Ven a Paulinho con su auto estacionado. Estacionan, un poco alejadas. Poco después sale Cristiane, va derecho hacia Paulinho y suben al auto. Se van. Beth y Doña Miriam esperan un ratito y los siguen. Llegan a un galpón abandonado, propiedad de la empresa empleadora de Cristiane. Ellos ya están dentro. Hay luz.
Pese a las advertencias de Beth, Doña Miriam baja del auto y se aproxima al galpón. Se ubica en un lateral y sube cuidadosamente a un cajón vacío para mirar por las ranuras de entre las tablas de madera que cubren una ventana. Observa que hay dos chicos armados. Un hombre acurrucado y amordazado debajo de una escalera. Paulinho y Cristiane están en otro rincón, charlando compenetrados. "¿Quién es ese pobre hombre atado?...Me suena su fisionomía... ¡Pero si es Wladimir Mattos!", salta en un instante. Su corazón pulsa tan fuerte que casi logra escuchar la sangre bombeando su cerebro. Vuelve temblorosa hacia el auto. Entra rápidamente y pide que arranquen de inmediato.
Está muy colorada, sudorosa, sofocada. Gritando, le cuenta a Beth lo que acaba de presenciar, mientras se le caen lágrimas de desolación. "¡¿Qué voy a hacer?!... ¿Qué voy a hacer? Los Mattos son mi familia también, a Wladimir lo cuidé desde chico... ¡Zé sabe que son buenos conmigos! ¿Por qué habrá hecho eso?
Beth enmudece. No le gustaría estar en la piel de Doña Miriam. La estrecha entre sus brazos mientras Doña Miriam se desintegra en un llanto desbocado.
Al día siguiente no tiene coraje de ir a la casa de la familia Mattos. Consumida por la verguenza, teme por el desenlace del suceso. Va a misa en esa noche para intentar apaciguar su inquietud. Escucha algunos versículos del Evangelio de San Mateo que le afectan particularmente:
“Si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, ¡no entraréis en el reino de los cielos!”.
De camino a su casa, las ideas dan vueltas cual peonza descontrolada: "¿Qué voy a hacer? ¿Esperar a que liberen a Wladimir pese al terrible pecado que comete mi hijo? ¿Acaso no soy también culpable de sus errores? Si lo cuento a la familia Mattos... ¿Cómo se lo tomarán? Quizás entiendan que hice todo lo posible para alejarlo del mal camino y que, naturalmente, no deseaba que esto ocurriera. Quizás me cueste el gana pan que permite que mi hijo menor y yo podamos tener una vida humilde pero digna...". Finalmente decide aguardar. Reza durante toda esa noche, rogando a Dios que el episodio se concluya de una vez y que nadie salga herido.
Pasa el tiempo, el ingeniero sigue en cautiverio. Al fin reclaman un rescate. Entonces queda claro que no se trata solamente de ganar tiempo, sino que consiste en un proyecto más ambicioso. En la casa de los Mattos, tras recibir la llamada extorsiva, impera un clima de angustia profundo; es el tema central que se dialoga en los encuentros familiares. Doña Miriam acude al trabajo como de costumbre, esforzándose sobremanera para ocultar su desazón, mientras observa como la Sra. Mattos envejece a cada hora, debido a la melancólica incertidumbre.
La familia procede a reunir el dinero exigido. Sin embargo, en el mientras tanto, dado que el destino nos depara situaciones inexplicamente indignantes algunas veces, el suceso comienza a repercutir en una esfera más impersonal.
Causa enorme impacto en los medios de comunicación, no solamente por el tipo de delito que se acometió- tremendamente riesgoso denotando total despreocupacion por una eventual punición- sino que además, se destapa que uno de los secretarios del gabinete de seguridad del Estado de Rio de Janeiro, aparentemente, actuó como promotor, facilitador de lo ocurrido. Al detectar la posible culpabilidad del político, el caso se transforma en un conflicto de fuerzas: público y social. Inevitablemente obliga al gobierno del estado a que asuma su responsabilidad y tome las debidas providencias. La clase política no quiere demostrar que, la personalidad corrupta de algunos- o muchos, tal vez- supere la justicia establecida en los códigos escritos. Así es cómo entonces el ingeniero Wladimir se convierte en carnaza electoral, reducido a un número en la agenda del día.
A medida que la presión mediática se vuelve más intensa, aumenta la premura por mostrar los resultados de las investigaciones realizadas. Tras casi dos meses de rastreo, a través de escuchas telefónicas y testimonios diversos, consiguen localizar al secuestrado. El descubrimiento se mantiene en sigilo hasta que llega el día D: el BOPE está preparado para irrumpir en Rocinha. Entonces la noticia de la invasión se filtra- involuntariamente o no- en algunos medios opositores al gobierno de turno.
Gracias a la difusión citada, algunos residentes de la favela se enteran. Hay un morbo tan fuerte en este tipo de noticias que desbanca inclusive a la gigantesca audiencia de las telenovelas locales. Es de lo único que se habla. Doña Miriam entra en pánico. Poseída por el terror, le escribe una carta a Zé y la deja sobre la mesa.
Se avistan los fuegos artificiales en el pico del morro, el humo que emiten y pintan de gris el cielo de febrero, antes despejado. Son los delincuentes informando internamente que están siendo atacados. De pronto, muchachos encapuchados bajan corriendo por el laberinto de callejuelas que conocen a la perfección. Están fuertemente armados, pero tienen diversas desventajas fundamentales: el BOPE los vigila desde arriba, bloquea las salidas de la favela, conoce casi todos los escondites. Aguardan el menor error- como el del secuestro- para pillar en flagrante a los famosos criminales. Todavía más si se contempla el impacto en la prensa.
Así comienza la acostumbrada pesadilla. Se escuchan tiros. En esta ocasión, particularmente abundantes. La gente se azuza para recluirse en dónde puedan.Doña Miriam llama al celular de Zé, sin éxito. Camina en los escasos 35m2 de su casa, zigzagueando incontenible.
Tras algunos eternos minutos, vuelve una sospechosa calma. Doña Miriam está histérica, por lo que sale a calle para buscar a su hijo. Empieza a mirar en todos los recovecos: nada. Sabe que después de una acción del batallón especial, los muchachos suelen esconderse durante varias semanas. Entonces, se sienta delante de la puerta de su casa con la esperanza de cruzarse con algún "amigo" de Zé.-
Y como se ha dicho, las señoras sentadas en las puertas de sus casas saben más que cualquier cronista local.... Así que Doña Maria ve a un amigo de Zé, que está metido en un tacho de basura. Se asoma por el borde de la cápsula mugrienta, mirando alrededor. Doña Miriam lo controla y cuando observa que sale, un poco más sereno, se acerca y le pregunta: "¿Qué ha pasado ahí arriba? ¡¿Dónde está mi hijo?!". El muchacho la reconoce y le responde con voz vacilante: "No sé Doña Miriam... El tema se ha complicado, se ha complicado mucho... Ha habido tiroteo entre los del BOPE, Paulinho y otros colegas de la banda. Han matado a todos."- informa el muchacho como si se anunciara una promoción de zapatillas. "¡¿Han matado a todos?! ¿Zé estaba con ellos?"- inquiere Doña Miriam, claramente deseperada. El muchacho insiste: "No lo sé señora". Hay un silencio tenso. El hecho de que Zé, al parecer, no estuviera en el tiroteo, la consuela. No obstante todavía hay algo que le angustia de idéntica manera: "He oído que tenían a un ingeniero prisionero, es el rumor que corre por la favela. ¿Es cierto? ¿Qué ha pasado con el tal ingeniero?". El muchacho la mira, un poco dubitativo. Parece que no sabe de qué ingeniero están hablando. Sin embargo, en un momento le confirma: "Creo que había un tipo que ha sido baleado por uno de los muchachos de la banda... No era de nuestro grupo. Así que calculo que es el ingeniero al que se refiere usted". Doña Miriam traga en seco la desafortunada novedad. Le sonríe disimuladamente y se despide de él.
Después de esa conversación, Doña Miriam se encierra en un profundo ostracismo. Desarrolla sus tareas del día como una autómata, ya que su pecho y su cabeza se han rendido a la desesperanza. En la mañana siguiente, en la portada de todos los periódicos, está publicada la foto de la matanza y del desdichado desenlace.
Su cuerpo pesa toneladas. Se sienta enfrente de la carta que escribió y añade un frase al final: "Lo siento mucho, hijos míos. Cuídense. Sean buenos. Mamá siempre los querrá"
Beth preocupada porque Doña Miriam no ha ido a misa, decide compartir con Zé Cabezas las dudas que inquietan a su madre. Así que busca a Cristiane para averiguar algunas cosas:
- Hola Cristiane, tengo que hablar contigo... Supongo que estás al tanto de lo ocurrido ayer... Me refiero a la invasión del BOPE.
Cristiane la mira suspicazmente y se mantiene en silencio. Entonces Beth lo nota y le dice:
- En verdad estoy buscando a Zé Cabezas. Su madre está muy preocupada porque no sabemos adonde está.
- Ya sabes cómo son. Están refugiados, escondidos de la policía. Hace mucho que no hablo con Zé-
- Sí, sí. Pero nadie sabe confirmarme si él estaba en el lugar de la emboscada... He escuchado que mataron a algunos muchachos de la banda...- agrega Beth
De repente, Cristiane se larga a llorar.
- ¿Qué te pasa Cristiane? ¿Por qué te pones tan triste?- Beth se lo pregunta mientras la conforta
- "Soy una desgraciada... He tratado de ayudar y al final he perdido todo. Mi empleo, mi tranquilidad... Y lo que es peor: ¡Han matado al padre de mi hijo!. - confiesa Cristiane absorvida por el dolor y por la ignorancia
Beth se aparta, entumecida. "Capaz Zé Cabezas también haya sido liquidado en la acción del BOPE" , piensa en un segundo e insiste:
- ¿Sabes al menos si Zé estaba en el lugar de la emboscada?
- No, no estaba. De hecho Paulinho y él habían tenido una tremenda pelea por el secuestro del ingeniero. Al parecer Zé no estaba al corriente. Aunque Paulinho ha pagado el precio de su deslealtad...- agrega Cristiane atribulada
Beth sonríe aliviada y agradece a Cristiane su sinceridad. Se marcha cavilando sobre la parternidad del hijo que ella espera. Está claro que no es de Zé Cabezas. "A Miriam no le va a causar gracia el hecho de que no será abuela al fin, no obstante, el hecho de que el plan del secuestro no haya sido elaborado y concretado por Zé, sí es una refrescante novedad", reflexiona.
Con el afán de solucionar el embrollo y aliviar las penas de su amiga, decide buscar a su hijo menor en la escuela. Él se sorprende al verla, ya que no es común que vayan a recogerle. Regresan juntos, mientras Beth tantea si él ha notado algo raro en su mamá. El hijo mejor, ajeno a toda esa inmundicia gracias al beneplácito de la ingenuidad, le contesta que la ha percibido diferente nada más.
Llegan a la casa de Doña Miriam. El sol veraniego- con el fulgor de un azote- penetra por una pequeña ventana e Ilumina la silueta inerte de Doña Miriam, antaño incasable trabajadora, colgada como un muñeco del techo de chapa plateada...
domingo, 20 de mayo de 2012
Alas de águila
Entre el humo de los pensamientos gastados
Palpita el dolor de aquél sueño muerto
del sueño con grandes alas de águila,
ágiles como el movimiento del cielo
La oleada de su vuelo, en el aire nostálgico
es simple eco de viejos anhelos flotantes,
voz de esperanza lenta, a modo de adagio
Refrán que suena como caricia incesante
Pues esas alas que circunvalan el horizonte
dibujan imágenes con esférica voluntad,
portan el vivo amor que nació entonces
y lo irradian como un suspiro al volar
viernes, 18 de mayo de 2012
El encuentro y sus diversas facetas
En el barrio donde crecieron, todos los vecinos las conocen como las hermanas postizas. No solamente porque son hijas del mismo padre, sino más bien, porque Marina es hija ilegítima, fruto de una relación extramatrimonial que el padre de Celeste mantuvo durante muchos años.
La madre de Marina falleció cuando era una adolescente. Antes de su muerte, Marina no había convivido con su padre, puesto que él no la había asumido como hija por aquél entonces. Por lo menos abiertamente, ya que todo el barrio lo sabía. Era un secreto a voces. Un secreto que se convirtió en una sentencia cuando Marina se quedó sola en el mundo. Todos los vecinos comentaban el suceso y criticaban la postura del famoso padre prolífico. Así que la madre de Celeste, alma engañada, bondadosa y subyugada, adoptó a Marina en el clan familiar pese a la humillación que representaba. A partir de ese momento, Marina se transformó en la hija agregada gracias a la culpa, enmascarada de buena índole.
Apesar de la actitud de la familia Morales, Marina nunca los reconoció como padres. Tiene una carácter aguerrido y hermético. Con la única que mantiene una relación puntualmente franca es con Celeste...
Una noche se encuentran para cenar, en uno de los restaurantes más solicitados de la urbe. Suena Jazz como música de fondo y una luz tenue inunda el espacio. En el techo, hay un laberinto de espirales de acero, desde las cuales se cuelgan cadenas finitas, formando cascadas de metal.
Es, sobre todo, un lugar de almas disponibles al encuentro amoroso; encuentros que presentan sus diversas facetas, insignias del desencuentro.
Llevan ya un par de cervezas. Charlan animadamente, mientras ojean alrededor las opciones del mercado.
¡Te he dicho que no lo llamaras!, exclama Marina
Pero es que hace mucho que no sé nada de él… Solamente le dejé un mensaje- se excusa Celeste
-Ay, por favor, apenas conoces al tipo. Hace menos de una semana que se vieron y estás padeciendo nuevamente de ansiedad crónica- pincha Marina, con púas en la lengua.
-Bueno, no hace falta que me hundas más… En verdad necesitaba estar segura que aún se interesa por mí.
-Pero Celeste… En general ya sabemos qué interés tienen…. ¿Te lo dibujo para que aprendas de una vez?- Marina descarga mordaz
- No quiero seguir charlando contigo, logras que me sienta peor…- susurra Celeste cabizbaja
- Bua, ok, no es mi intención verdaderamente. Aunque debo confesar que me saca de quicio tu ingenuidad demodé.-
Mientras se toman un sorbo de sus daiquiris de frutilla, avistan en la recepción del restaurante, al tipo más deseado de toda la ciudad; o, al menos, de todos los bares de moda que ellas frecuentan. Se acerca al salón, caminando con aplomo, desfilando por el piso de tarima flotante como por una pasarela de alta costura.
Las dos embebecidas, miran al gentilhombre hasta que él se acomoda en su mesa. Está acompañado, en esta ocasión, de cuatro chicas cuyas fisionomías representan fielmente la variedad del género femenino, en su estado de pulcra perfección. Una rubia, una pelirroja, una morena y una negra. “Beldades para todos los gustos”, así se llama la foto.
-Es increíble el poder de seducción que ejerce Fernando sobre mujeres- atestigua Celeste
-Es que tiene varios encantos irresistibles: guapo, exitoso profesionalmente y buen amante, entre otras cualidades.- dice Marina
-Bua, eso de que tenga buen desempeño sexual es muy relativo… Depende de las circunstancias y del grado de intimidad que exista entre los amantes. – aclara Celeste.
-¡No lo compliques tanto, por favor! El tipo es buen amante y punto…. ¿De qué grado de intimidad estamos hablando? Él no se involucra sentimentalmente con nadie. Está disponible para que disfrutemos de sus atributos físicos y monetarios sin más...– enfatiza Marina
-“El amor puesto que es llama, que sea eterno mientras dure”. Creo que esta frase, de uno de los sonetos de Vinícius de Moraes, casa muy bien con lo que describes- indica Celeste, compartiendo su visión romántica empedernida
-Bueno, bueno… Es que no tienes arreglo… ¡Deja de soñar! ¡No estamos hablando de amor, estamos hablando de sexo!- exclama Marina, un poco excedida de tono
Ese arrebato de Marina despierta la atención de gran parte de los comensales. Inclusive la de Fernando. Marina se percata de tamaña oportunidad y le despliega la mejor de sus sonrisas. Él se la retribuye.
Celeste avergonzada, recrimina el grito de su hermana; aunque su reclamo resulta improductivo. No le da oídos. Entonces Celeste se dedica a vigilar las expresiones de los presentes, quiénes aún las encaran indiscretamente, mientras Marina sigue atrapada en los movimientos de la mesa doce.
Como para olvidarse de su incomodidad, Celeste confiesa:
-No sé cómo haces para no sufrir… Yo pienso que si uno convive, se encariña... Al fin está expuesto al sentimiento… ¿Es que acaso no deseas sentir algo verdadero?
- Yo siento algo verdadero... Y momentáneo. No lo entiendes… Tienes que actuar como hago yo; no genero expectativas. Y siempre tengo sexo disponible, ya sabes.- declara Marina con donaire de experta
-Es cierto. Ahora salgo con el contador al que he llamado- que dígase de paso, no es un gran amante. Sin embargo he cruzado mares desérticos, épocas de total escasez de recursos masculinos- señala Celeste, siempre más modosita
-Sí, sí, jajaja. Fui testigo ocular y auditivo de tu estado de histerismo durante esos “mares desérticos”
-Definitivamente. Así no se podía estar... ¿Te acuerdas cuándo le pedí al recepcionista del hotel de Sevilla un "follo", en lugar de un folio? ¡Qué horror!... La cara del recepcionista, en una fracción de segundos, transitó de transmitir una postura profesional, a una intermedia de aturdimiento, para culminar en aires de total disposición... Estaba claro que tuve un acto fallido. Mi cerebro pedía folios... jajajaja-
-¡Sí! Yo confieso que soñaba despierta, con la esperanza de que saltaras el deck de la recepción y le dieras un beso de película... ¡jajaja! Como era previsible, eso no ocurrió. Estoy segura que el recepcionista se acordó de tí durante toda esa noche... -
-A lo mejor se acordó de mí, sí, sí... Jajaja. Yo, sin dudas, lo recordé y lo recuerdo…Sobre todo a su mirada encendida...-
Mientras Celeste rememora ese momento- oralmente erótico- con el recepcionista, se acerca el camarero dispuesto a tomar nota del pedido. Marisa, ágil como una raposa, se muestra dubitativa en relación a qué ordenar como plato. Así que decide preguntar al camarero qué platos están consumiendo en la mesa doce; ya que ha visto que él se los ha servido y lucen muy sabrosos... Evidentemente, la pregunta viene de la mano de señales hacia la mesa en cuestión, captando totalmente la atención de sus comensales. Celeste observa atenta la táctica empleada.
-Has reaccionado astutamente querida. Realmente impactante... Frecuentamos este restaurante desde hace varios meses y siempre estás pendiente de Fernando... ¿Te gusta mucho el tipo, no?-
-Me atrae y punto... Me explico mejor: Son años de vuelo, muchos aterrizajes forzados, despresurizaciones de cabinas, viajes sin placer… Las intenciones de los sujetos suelen sufrir cambios drásticos. Es como una enfermedad crónica. No, no, no vale la pena volar muy alto, porque depende del viento que le dé a ese amante alzado, sus buenas intenciones pueden estrellarse contra alguna montaña: ora por los diversos personajes en escena- la oferta del día- ora por el despertar de algunas de las neurosis añejas que portan consigo.- proclama Marina
-Quizás sea cierto lo que afirmas... El contenido no resulta muy feliz pero lo has dicho de forma muy poética-
-Lo dicho: son años de vuelo querida. No es arte, ni ciencia… Es experiencia – contesta Marina
-Jajajaj. Me has convencido, nunca más vuelvo a llamar a un chico. Hay que manejarlos según se nos antoje- bromea Celeste
-Sí, sí... Hay que ser fría, estratégica, llamarles según tu conveniencia. En definitiva, jugar como juegan ellos… Recuerda eso: somos todos artículos de consumo, consumidos por el deseo y descartados cuando no somos bienvenidos.- afirma Marina con un cierta amargura
En ese momento se levanta Fernando para ir al baño. En lugar de caminar por el pasillo del fondo, junto a la pared que termina en el toilette, decide esquivar diversos obstáculos para pasar junto a la mesa de Celeste y Marina.
Marina oportunamente se agacha, simulando que se le ha caído el encendedor. De modo que resalta su escote pronunciado, mientras desliza sus manos por las piernas de Fernando, que justo pasa por la mesa. Fernando sonríe picarón, en señal de aprecio al gesto, y sigue el camino.
Celeste contempla la escena compenetrada, tratando de no perder ningún detalle de las técnicas de seducción que emplea su hermana con tan notable habilidad. Está cansada de decepcionarse a sí misma con los hombres, de construir relaciones inexistentes, basadas en los deseos propios y en las ausencias ajenas…
Marina, regocijándose de su desempeño, le dice a Celeste:
-¿Has visto como me ha sonreído? ¡Es mío! ¡De hoy no pasa!- afirma convencida.
-Sí, sí, te ha sonreído. Está claro que tu escote le ha agradado especialmente.-
-¡Muy bien observado! En esos detalles está la clave del éxito. Con las armas que tenemos las mujeres, es sencillo conquistarlos por los ojos-
-Sin dudas… ¿Y cómo nos conquistan ellos? ¿Qué armas usan?- inquiere Celeste confundida.
- No sé… ¿cuáles serán?... quizás las que queramos asignárselas.- reflexiona Marina
- Sí, muy cierto. A nosotras nos gusta un chico por una serie de factores...
- Características que tengan ellos y las que queramos atribuírselas también…- señala Marina hábilmente.
Ambas miran hacia el baño para asegurarse de que Fernando aún no ha salido. La mirada de Marina se ensombrece en ese preciso instante: recuerda a su madre y la poco fortuna- o la falta de sensatez- que tuvo con los hombres... Entonces, como proyectando su pensamiento, le pregunta a Celeste
-¿Qué ha pasado con el chico que has conocido en la fiesta, hace un par de fin de semanas? Te vendría bien diversificar…
-Ahh, déjame contarme… Ese tipo es muy raro… Me anduvo buscando durante una semana entera. Todo parecía que iba bien encaminado
-Sí, sí, un camino en pendiente, me imagino.- bromea Marina
-Pues sí… Pero quiero contarte el desenlace porque sabe a historia sin final… Nada, después de una semana de intercambio romántico telefónico, quedamos a cenar. Vino a buscarme, apuesto, con flores; impecable yo diría…-
-Sí, un clásico. Tiene tu firma. Le faltaba nada más que el caballo blanco...
-¡Sí, me encantó en general! Lo cierto es que fue una velada muy agradable, divertida, en fin…
- ¿Repetible, no?- ataja Marina, adivinando el pensamiento de Celeste
- ¡Exacto! Después de la cena, estuvimos como una hora en la puerta de mi casa, manos por todas partes, besos apasionados, corazón pulsante… El escenario perfecto para invitarlo a entrar... Lo hago. ¿Sabes qué me dijo?
-Marina sonríe con sus ojos y dice: ¿Aplaudió la moción?
-Que va… Me dijo que prefería subir otro día, que conmigo quería ir despacio porque le gustaba particularmente… Claro, primero me quedé atónita... Pero luego me lo creí y me entusiasmé. Empecé a entregarme. ¿Es normal, no?
-¿La verdad? Eso es lo que solía decir yo antes de liberarme del cuento hueco, aquél del príncipe que viene a salvarnos de no se sabe el qué. El cuento que escuchamos desde que somos niñas. Yo pienso que hay que olvidarse de eso de planear el amor, aspirar al enamoramiento... -
- Qué sé yo... Lo cierto es que en ese momento me emocioné, hasta que pasaron varios días y no me volvió a llamar. Yo me sentía confusa, no entendía nada. Así que lo llamé…
-¡No! Grave error… ¡Si no te llama es porque no quiere hablar contigo!- salta Marina
-Ya, ya... Bueno, al fin me atendió… Me dijo que estaba hablando por el teléfono fijo- yo llamé a su celular- y que se comunicaba en cuanto se desocupara. Fue lo último que supe de él…- concluye Celeste un poco frustrada.
-Ay, Celes, me parece que ese tipo tenía novia o algo así. Está claro que algo le ataba, le impedía avanzar. ¿Acaso no aprendiste de nuestra historia de vida?- señala Marina mordaz
Celeste no contesta. Sobre la historia de sus vidas, ya discutieron muchas veces...
Fernando se asoma a través del umbral del baño. Marina, en un impulso repentino, se dirige apresuradamente hacia él, pretende que se crucen en la puerta. Él parece captar la señal y se mete de vuelta al toilette de hombres. Marina entra segundos después que él, desapercibida.
Celeste se queda sola, encogida de hombros, bebiendo su copa mientras recuerda al desaparecido chico de las flores y al contador, quién todavía no le respondió el mensaje. Su abstracción se interrumpe súbitamente, cuando una de las acompañantes de Fernando se levanta de la mesa. Percibe que ella va hacia el baño. Teme un escándalo…
En verdad lo único que puede hacer es esperar las consecuencias de un eventual encuentro de los tres en la puerta del toilette. Así que no saca la vista de ese rincón.
Inevitable... De repente se escuchan gritos, groserías de muy bajo talante, voces entremezcladas. Los camareros corren hacia el lugar para averiguar qué sucede. Entonces sale la chica sollozando, cubriéndose el rostro, acompañada de su amiga. Se van directo a la calle.
Tras unos minutos aparecen, de entre el personal agrupado, Fernando y Marina. Caminan abrazados hacia la mesa donde Celeste los espera expectante.
Fernando le da un beso en la boca delante de todos y le dice: “Espérame aquí. Voy a hablar con Carolina”. Marina tiene el rostro rasguñado, el pelo enmarañado y los ojos colorados de llorar.
-¿Qué ha pasado?- pregunta Celeste asustada
-Esa loca me ha pegado, me ha tirado de los pelos, me ha insultado. Ha sido horrible…- Marina se queda pensativa, con la mente aún atrapada en el instante de la pelea
- Me imagino… Pero.. ¿Quién es esa chica?
-Supuestamente su novia. El tema es que no es su novia en verdad. Ella cree que lo es.- aclara Marina
- A ver… No entiendo… En cualquier caso está saliendo con ella, puesto que la ha traído aquí, ¿no?- pregunta desconcertada.
-Saliendo… ¿Qué significado eso? No es su novia... Además eso es un problema de ellos- asevera Marina
-Me parece que él ha sido tremendamente irrespetuoso con ella, al liarse contigo en el baño, a escondidas, dado que han venido juntos- destaca Celeste
- Ha sido maravilloso… No sabes… Hay mucha química entre nosotros.- Dice Marina, ignorando el reiterado juicio de su hermana.
Suena el teléfono de Marina. Es Ricardo. Celeste la mira, levanta las cejas cual signo de pregunta y Marina niega que quiera hablar con él. No lo atiende. A los pocos minutos llega un mensaje de texto suyo. Celeste agarra el móvil y lo lee en voz alta: “paso a buscarte a las 12pm por tu casa”.
-¿Qué vas a hacer? ¿No le vas a responder? Son las 11.30pm ya…-
- No, ¿Para qué? Si me ve rasguñada, echa un trapo, me va a preguntar qué ha ocurrido. ¿Y qué le digo? No, no tengo porque darle explicaciones de mi vida
- Bueno... si tú lo dices, ok- Celeste comenta insegura
Ricardo y Marina se conocen hace más de 2 años. Son amigos, amantes. Al comienzo, cuando se conocieron, Marina estaba encandilada de él. Aunque siendo coherente con sus princípios acerca de las relaciones románticas, conservaba una "prudente" distancia. Así que Ricardo resultaba, a veces, ambiguo.
Pese a la aparente incompatibilidad en cuanto a los intereses de ambos, la relación se mantuvo. Eso sí, relegada a la superficie, a las normas de conducta social actual; nutrida de la fugacidad del momento, sin grandes pretensiones.
Así que, dentro del marco establecido, participan activa y recíprocamente de sus vidas: van a sus respectivos cumpleaños, se regalan cositas, se llaman muy a menudo.
Celeste también lo conoce de la misma época. De hecho, se lo presentaron a ella y a Marina a la vez, en una fiesta de amigos comúnes. Ricardo le pareció muy atractivo, un hombre en toda regla... "Lástima que quedó flechado de Marina desde el primer momento", recuerda mientras escurren de su pensamiento gotas de envidia. Siempre arrinconada, se sentía y se siente como un simple testigo de las necesidades ajenas, que terminan por condenar las suyas a un segundo plano.
Intuye que hay algo más que sexo casual entre Marina y Ricardo. Sin embargo Marina se opone en rotundo a reconocer la existencia de un vínculo más profundo. Descarta entregarse a una hondura riesgosa que, como ella misma ha dicho, está expuesta a las neurosis añejas. En este caso, puede que el miedo sea su propia manifestación neurótica.
- Yo creo que le deberías contestar a Ricardo. No se merece que lo desdeñes- dice Celeste preocupada
- Sí, estaba pensando lo mismo. Puedo decirle que estoy cansada, en casa, a punto de dormirme. Y que lo llamo mañana.-
- Bueno, está bien, pero mándaselo ahora. Son las 11.45pm.
Mientras Marina está escribiendo el mensaje, regresa Fernando de la calle. Celeste no se lo puede creer: "¡El gentilhombre ha vuelto!". Marina raudamente le da el celular a Celeste, olvidándose de la tarea. Se levanta de la silla y camina en dirección a Fernando
-Me alegro que ya estés de vuelta- dice Marina mimosa
- Sí, bombón, después de los mimitos que me has hecho en el baño, sería un estúpido si no regresara.
- Sí, me han gustado mucho tus mimitos también- retribuye con una mirada pícara
Empiezan a besarse ardientemente. Ya es sabido que la audiencia les fomenta la pasión. Bueno, depende del tipo de audiencia...
Celeste decide terminar el mensaje y mandárselo a Ricardo. Rechaza con vehemencia vivenciar otro evento sensacionalista, por lo menos durante esa noche. Tiene en claro que su destino está forjado de acontencimientos bizarros.
La chica humillada, pseudo novia según algunos, ahora desempeña un papel meramente secundario. Y dado que ha perdido su papel protagónico, su colaboración ha sido despachada en un periquete.
Celeste, de a poco- como con recelos de despertar a alguna bestia- agarra sus pertenencias para marcharse. Observa como se van los comensales de la mesa doce, sin siquiera despedirse de la candente pareja. "Parece que la indiferencia por lo ajeno es un denominador común en este local" , medita Celeste.
De pie, vestida, asiste a la pareja que tiende todo su fervor en besos de movimientos integrados: fuertes, suaves, jugosos, parlantes.
"Sobro aquí", piensa y se va. Al cruzar el vestíbulo del restaurante, se encuentra con Ricardo afuera. Acaba de llegar.
-Vengo a recogerlas. He visto que estaban aquí en la página de Facebook de Marina. Y cómo no me contestaba el mensaje, he pensando en acercarlas a casa...
En ese momento salen del restaurante Marina y Fernando en actitud más que afectuosa. Marina va delante de Fernando, por lo que mira hacia él mientras charlan divertidos.
Ricardo se da cuenta en el acto. Cuando Marina gira la cabeza hacia la calle, lo avista. Está pálido, tiene los labios secos y los ojos inyectados. Marina se congela, se queda muda...
-Bueno, era de esperarse... Yo siempre he sabido que no querías invertir en una relación... Aunque confieso que hubiese preferido que terminara de otra manera- dispara Ricardo
Fernando mira a Marina y le pregunta:
¿Estás casada bombón?
Marina niega con la cabeza, en estado de shock. Ricardo observa despierto su reacción, quizás aguardando que ella saliera del trance y al menos se justificara.
Celeste piensa, entre aterrada y resignada: "Ahí empieza otro show... Es una historia sin fin, como la del muchacho de las flores..."
Fernando parece no registrar la situación, o sencillamente no le importa. "Dáme tu celular bombón que espero que lo de hoy se repita"
Ricardo enloquece. Agarra a Fernando del cuello de la camisa Armani, brama, amenaza con pegarle. Celeste grita alarmada, mientras Marina llora desconsolada.
Previsible. Comienzan a pelearse en serio: puñetazos, patadas, tirones. Finalmente salen los seguridades del local para separarlos... Logran despejar a los hombres poseídos por sus instintos primitivos.
Aparte del soberano escándalo que se ha armado en la puerta del restaurante más solicitado de la urbe, afortunadamente no hay mayores daños físicos.
No podemos afirmar lo mismo en cuanto a los daños emocionales...
Ricardo se marcha cabizbajo y muy enojado. Celeste está preocupada, por los dos. Marina llora sin decir palabra.
Pasa bastante tiempo. Marina continúa viéndose "informalmente" con Fernando. Siempre comparte anécdotas curiosas, del mundo del modelaje fotográfico, en el que está metida gracias a él. Van a muchas fiestas exclusivas, regadas a alcohol y otras drogas, y ella parece haber descubierto su hábitat ideal. Salvo por el hecho que duerme poco, come mal y consume todo tipo de compuestos nocturnos...
El episodio en el restaurante más solicitado de la urbe- nunca más discutido- va tomando forma de pasado, mientras cultiva sus frutos en el presente y siembra semillas para el futuro.
Celeste ha formado una relación mucho más cercana con Ricardo. Lo llamó al día siguiente del funesto evento, para saber cómo estaba, y a partir de ahí empezaron a verse a menudo. No se lo contó a Marina. Tal vez porque considera que a Marina no le importa Ricardo en verdad, puesto que no volvió a tocar el asunto y tampoco tomó medidas para cambiar la impresión de él acerca del suceso. O, tal vez, porque no tiene el suficiente valor para confesarle a Marina los sentimientos que alberga - y alimenta- en relación a Ricardo.
Marina anda muy ocupada con innúmeras actividades sociales. Cada vez que se encuentran es para hablar de los chusmeríos de la farándula... Celeste está aprensiva, en el fondo. Está disfrutando de lo que construye con Ricardo pero a la vez observa como su hermana se vuelve cada vez más frívola. Sorprendentemente alejada de su verdadera esencia...
Ya dice la sabiduría refranera: a veces el silencio es peor que la mentira. En una noche determinada, en uno de los pubs de moda de la urbe, se encuentran Celeste y Ricardo. Y por supuesto, según las leyes universales de la probabilidad, se cruzan con Marina y Fernando.
Marina luce muy alocada, muy high... Y Fernando, cortés y voluble caballero, está sintonizado en el mismo canal. Ellos no han visto a Celeste y Ricardo. Pero Celeste y Ricardo observan atentamente la secuencia, desarrollándose en unos de los sillones de cuero terracota del pub estilo inglés.
-Estoy realmente preocupada- suspira Celeste.
-Bueno, tranquila... Puedes charlar con ella mañana. Intenta aconsejarla sobre su corriente estilo de vida... Tal vez te haga caso...
-Creo que voy a hablar con ella ahora
-¡¿Ahora?! ¡No! No, me parece una buena idea...
-¿Por qué, no? Quizás, tal y como está, yo que sé... Puede pasarse de la raya... - comenta Celeste aflijida
Ricardo la abraza para intentar calmarla un poco. En ese preciso instante, grita desde el otro lado del salón, nuestro bien "ubicado", colocado, Fernando: ¡¡¿¿Pero sí ahí están Ricardo y Celeste, no??!!
Marina se despierta súbitamente. Se levanta y camina determinada hacia Celeste....
-¡¿Así que son parejita, hein?! ¡¿Cómo no me lo has contado?!
Celeste tiembla entera. En un momento se tambalea, Ricardo la sostiene visiblemente alarmado
-Ah, bueno, bueno... Es que están enamorados... ¡¿Cómo me has podido traicionar así?!- grita Marina descontrolada
Fernando no registra nada, como de costumbre, parece que no le importa. Está en otra órbita, literalmente en esta ocasión.
Celeste empieza a llorar, está mareada, le baja la presión arterial. Marina sale corriendo hacia la calle, agarra su auto en el estado en el cual se encuentra. Arranca con furia y desaparece en un tris.
Fernando, con la voz arrastrada de noches de mucha fiesta, grita: "¡Bombón, espérame que estoy sin auto, voy contigo!", tropieza con un banco del bar y se ríe de su torperza de adicto.
Ricardo ahora también se preocupa por Marina. La llama al celular. No lo atiende. Insiste. Nada.
Entonces le dice a Celeste que opina que es conveniente que vayan detrás de Marina. Celeste asiente débilmente. Le dan un medicamento para que se recomponga y salen disparados.
El pub está a las afueras de la ciudad, así que deciden ir por la carretera que conduce a la casa de Marina. Hace una noche opaca, con luna menguante. No se ve muy bien.
Tras pocos kilómetros en penumbras, Celeste consigue ver un auto volcado, que está en el otro lateral de la carretera colindante. Deciden averiguar si hay accidentados. A medida que se acercan, el rostro de Celeste se va poniendo pálido, con expresión de terror...
¡Es el auto de Marina! ¡Oh Dios mío!- y llora como un bebé al nacer.
Marina está atrapada entre los engranajes retorcidos, aún humeantes. Yace inconsciente. Celeste se acerca, desconsolada, intenta hablar con su hermana del alma. Pero Marina no responde.
Ricardo llama a la ambulancia. Se va hacia Celeste y la abraza, sosteniéndola, ya que sus piernas han perdido la fuerza
Se acercan las luces de la asistencia. Sin embargo la luz, el pulso, la vida de Marina, se ha apagado hace ya algunos minutos...
La madre de Marina falleció cuando era una adolescente. Antes de su muerte, Marina no había convivido con su padre, puesto que él no la había asumido como hija por aquél entonces. Por lo menos abiertamente, ya que todo el barrio lo sabía. Era un secreto a voces. Un secreto que se convirtió en una sentencia cuando Marina se quedó sola en el mundo. Todos los vecinos comentaban el suceso y criticaban la postura del famoso padre prolífico. Así que la madre de Celeste, alma engañada, bondadosa y subyugada, adoptó a Marina en el clan familiar pese a la humillación que representaba. A partir de ese momento, Marina se transformó en la hija agregada gracias a la culpa, enmascarada de buena índole.
Apesar de la actitud de la familia Morales, Marina nunca los reconoció como padres. Tiene una carácter aguerrido y hermético. Con la única que mantiene una relación puntualmente franca es con Celeste...
Una noche se encuentran para cenar, en uno de los restaurantes más solicitados de la urbe. Suena Jazz como música de fondo y una luz tenue inunda el espacio. En el techo, hay un laberinto de espirales de acero, desde las cuales se cuelgan cadenas finitas, formando cascadas de metal.
Es, sobre todo, un lugar de almas disponibles al encuentro amoroso; encuentros que presentan sus diversas facetas, insignias del desencuentro.
Llevan ya un par de cervezas. Charlan animadamente, mientras ojean alrededor las opciones del mercado.
¡Te he dicho que no lo llamaras!, exclama Marina
Pero es que hace mucho que no sé nada de él… Solamente le dejé un mensaje- se excusa Celeste
-Ay, por favor, apenas conoces al tipo. Hace menos de una semana que se vieron y estás padeciendo nuevamente de ansiedad crónica- pincha Marina, con púas en la lengua.
-Bueno, no hace falta que me hundas más… En verdad necesitaba estar segura que aún se interesa por mí.
-Pero Celeste… En general ya sabemos qué interés tienen…. ¿Te lo dibujo para que aprendas de una vez?- Marina descarga mordaz
- No quiero seguir charlando contigo, logras que me sienta peor…- susurra Celeste cabizbaja
- Bua, ok, no es mi intención verdaderamente. Aunque debo confesar que me saca de quicio tu ingenuidad demodé.-
Mientras se toman un sorbo de sus daiquiris de frutilla, avistan en la recepción del restaurante, al tipo más deseado de toda la ciudad; o, al menos, de todos los bares de moda que ellas frecuentan. Se acerca al salón, caminando con aplomo, desfilando por el piso de tarima flotante como por una pasarela de alta costura.
Las dos embebecidas, miran al gentilhombre hasta que él se acomoda en su mesa. Está acompañado, en esta ocasión, de cuatro chicas cuyas fisionomías representan fielmente la variedad del género femenino, en su estado de pulcra perfección. Una rubia, una pelirroja, una morena y una negra. “Beldades para todos los gustos”, así se llama la foto.
-Es increíble el poder de seducción que ejerce Fernando sobre mujeres- atestigua Celeste
-Es que tiene varios encantos irresistibles: guapo, exitoso profesionalmente y buen amante, entre otras cualidades.- dice Marina
-Bua, eso de que tenga buen desempeño sexual es muy relativo… Depende de las circunstancias y del grado de intimidad que exista entre los amantes. – aclara Celeste.
-¡No lo compliques tanto, por favor! El tipo es buen amante y punto…. ¿De qué grado de intimidad estamos hablando? Él no se involucra sentimentalmente con nadie. Está disponible para que disfrutemos de sus atributos físicos y monetarios sin más...– enfatiza Marina
-“El amor puesto que es llama, que sea eterno mientras dure”. Creo que esta frase, de uno de los sonetos de Vinícius de Moraes, casa muy bien con lo que describes- indica Celeste, compartiendo su visión romántica empedernida
-Bueno, bueno… Es que no tienes arreglo… ¡Deja de soñar! ¡No estamos hablando de amor, estamos hablando de sexo!- exclama Marina, un poco excedida de tono
Ese arrebato de Marina despierta la atención de gran parte de los comensales. Inclusive la de Fernando. Marina se percata de tamaña oportunidad y le despliega la mejor de sus sonrisas. Él se la retribuye.
Celeste avergonzada, recrimina el grito de su hermana; aunque su reclamo resulta improductivo. No le da oídos. Entonces Celeste se dedica a vigilar las expresiones de los presentes, quiénes aún las encaran indiscretamente, mientras Marina sigue atrapada en los movimientos de la mesa doce.
Como para olvidarse de su incomodidad, Celeste confiesa:
-No sé cómo haces para no sufrir… Yo pienso que si uno convive, se encariña... Al fin está expuesto al sentimiento… ¿Es que acaso no deseas sentir algo verdadero?
- Yo siento algo verdadero... Y momentáneo. No lo entiendes… Tienes que actuar como hago yo; no genero expectativas. Y siempre tengo sexo disponible, ya sabes.- declara Marina con donaire de experta
-Es cierto. Ahora salgo con el contador al que he llamado- que dígase de paso, no es un gran amante. Sin embargo he cruzado mares desérticos, épocas de total escasez de recursos masculinos- señala Celeste, siempre más modosita
-Sí, sí, jajaja. Fui testigo ocular y auditivo de tu estado de histerismo durante esos “mares desérticos”
-Definitivamente. Así no se podía estar... ¿Te acuerdas cuándo le pedí al recepcionista del hotel de Sevilla un "follo", en lugar de un folio? ¡Qué horror!... La cara del recepcionista, en una fracción de segundos, transitó de transmitir una postura profesional, a una intermedia de aturdimiento, para culminar en aires de total disposición... Estaba claro que tuve un acto fallido. Mi cerebro pedía folios... jajajaja-
-¡Sí! Yo confieso que soñaba despierta, con la esperanza de que saltaras el deck de la recepción y le dieras un beso de película... ¡jajaja! Como era previsible, eso no ocurrió. Estoy segura que el recepcionista se acordó de tí durante toda esa noche... -
-A lo mejor se acordó de mí, sí, sí... Jajaja. Yo, sin dudas, lo recordé y lo recuerdo…Sobre todo a su mirada encendida...-
Mientras Celeste rememora ese momento- oralmente erótico- con el recepcionista, se acerca el camarero dispuesto a tomar nota del pedido. Marisa, ágil como una raposa, se muestra dubitativa en relación a qué ordenar como plato. Así que decide preguntar al camarero qué platos están consumiendo en la mesa doce; ya que ha visto que él se los ha servido y lucen muy sabrosos... Evidentemente, la pregunta viene de la mano de señales hacia la mesa en cuestión, captando totalmente la atención de sus comensales. Celeste observa atenta la táctica empleada.
-Has reaccionado astutamente querida. Realmente impactante... Frecuentamos este restaurante desde hace varios meses y siempre estás pendiente de Fernando... ¿Te gusta mucho el tipo, no?-
-Me atrae y punto... Me explico mejor: Son años de vuelo, muchos aterrizajes forzados, despresurizaciones de cabinas, viajes sin placer… Las intenciones de los sujetos suelen sufrir cambios drásticos. Es como una enfermedad crónica. No, no, no vale la pena volar muy alto, porque depende del viento que le dé a ese amante alzado, sus buenas intenciones pueden estrellarse contra alguna montaña: ora por los diversos personajes en escena- la oferta del día- ora por el despertar de algunas de las neurosis añejas que portan consigo.- proclama Marina
-Quizás sea cierto lo que afirmas... El contenido no resulta muy feliz pero lo has dicho de forma muy poética-
-Lo dicho: son años de vuelo querida. No es arte, ni ciencia… Es experiencia – contesta Marina
-Jajajaj. Me has convencido, nunca más vuelvo a llamar a un chico. Hay que manejarlos según se nos antoje- bromea Celeste
-Sí, sí... Hay que ser fría, estratégica, llamarles según tu conveniencia. En definitiva, jugar como juegan ellos… Recuerda eso: somos todos artículos de consumo, consumidos por el deseo y descartados cuando no somos bienvenidos.- afirma Marina con un cierta amargura
En ese momento se levanta Fernando para ir al baño. En lugar de caminar por el pasillo del fondo, junto a la pared que termina en el toilette, decide esquivar diversos obstáculos para pasar junto a la mesa de Celeste y Marina.
Marina oportunamente se agacha, simulando que se le ha caído el encendedor. De modo que resalta su escote pronunciado, mientras desliza sus manos por las piernas de Fernando, que justo pasa por la mesa. Fernando sonríe picarón, en señal de aprecio al gesto, y sigue el camino.
Celeste contempla la escena compenetrada, tratando de no perder ningún detalle de las técnicas de seducción que emplea su hermana con tan notable habilidad. Está cansada de decepcionarse a sí misma con los hombres, de construir relaciones inexistentes, basadas en los deseos propios y en las ausencias ajenas…
Marina, regocijándose de su desempeño, le dice a Celeste:
-¿Has visto como me ha sonreído? ¡Es mío! ¡De hoy no pasa!- afirma convencida.
-Sí, sí, te ha sonreído. Está claro que tu escote le ha agradado especialmente.-
-¡Muy bien observado! En esos detalles está la clave del éxito. Con las armas que tenemos las mujeres, es sencillo conquistarlos por los ojos-
-Sin dudas… ¿Y cómo nos conquistan ellos? ¿Qué armas usan?- inquiere Celeste confundida.
- No sé… ¿cuáles serán?... quizás las que queramos asignárselas.- reflexiona Marina
- Sí, muy cierto. A nosotras nos gusta un chico por una serie de factores...
- Características que tengan ellos y las que queramos atribuírselas también…- señala Marina hábilmente.
Ambas miran hacia el baño para asegurarse de que Fernando aún no ha salido. La mirada de Marina se ensombrece en ese preciso instante: recuerda a su madre y la poco fortuna- o la falta de sensatez- que tuvo con los hombres... Entonces, como proyectando su pensamiento, le pregunta a Celeste
-¿Qué ha pasado con el chico que has conocido en la fiesta, hace un par de fin de semanas? Te vendría bien diversificar…
-Ahh, déjame contarme… Ese tipo es muy raro… Me anduvo buscando durante una semana entera. Todo parecía que iba bien encaminado
-Sí, sí, un camino en pendiente, me imagino.- bromea Marina
-Pues sí… Pero quiero contarte el desenlace porque sabe a historia sin final… Nada, después de una semana de intercambio romántico telefónico, quedamos a cenar. Vino a buscarme, apuesto, con flores; impecable yo diría…-
-Sí, un clásico. Tiene tu firma. Le faltaba nada más que el caballo blanco...
-¡Sí, me encantó en general! Lo cierto es que fue una velada muy agradable, divertida, en fin…
- ¿Repetible, no?- ataja Marina, adivinando el pensamiento de Celeste
- ¡Exacto! Después de la cena, estuvimos como una hora en la puerta de mi casa, manos por todas partes, besos apasionados, corazón pulsante… El escenario perfecto para invitarlo a entrar... Lo hago. ¿Sabes qué me dijo?
-Marina sonríe con sus ojos y dice: ¿Aplaudió la moción?
-Que va… Me dijo que prefería subir otro día, que conmigo quería ir despacio porque le gustaba particularmente… Claro, primero me quedé atónita... Pero luego me lo creí y me entusiasmé. Empecé a entregarme. ¿Es normal, no?
-¿La verdad? Eso es lo que solía decir yo antes de liberarme del cuento hueco, aquél del príncipe que viene a salvarnos de no se sabe el qué. El cuento que escuchamos desde que somos niñas. Yo pienso que hay que olvidarse de eso de planear el amor, aspirar al enamoramiento... -
- Qué sé yo... Lo cierto es que en ese momento me emocioné, hasta que pasaron varios días y no me volvió a llamar. Yo me sentía confusa, no entendía nada. Así que lo llamé…
-¡No! Grave error… ¡Si no te llama es porque no quiere hablar contigo!- salta Marina
-Ya, ya... Bueno, al fin me atendió… Me dijo que estaba hablando por el teléfono fijo- yo llamé a su celular- y que se comunicaba en cuanto se desocupara. Fue lo último que supe de él…- concluye Celeste un poco frustrada.
-Ay, Celes, me parece que ese tipo tenía novia o algo así. Está claro que algo le ataba, le impedía avanzar. ¿Acaso no aprendiste de nuestra historia de vida?- señala Marina mordaz
Celeste no contesta. Sobre la historia de sus vidas, ya discutieron muchas veces...
Fernando se asoma a través del umbral del baño. Marina, en un impulso repentino, se dirige apresuradamente hacia él, pretende que se crucen en la puerta. Él parece captar la señal y se mete de vuelta al toilette de hombres. Marina entra segundos después que él, desapercibida.
Celeste se queda sola, encogida de hombros, bebiendo su copa mientras recuerda al desaparecido chico de las flores y al contador, quién todavía no le respondió el mensaje. Su abstracción se interrumpe súbitamente, cuando una de las acompañantes de Fernando se levanta de la mesa. Percibe que ella va hacia el baño. Teme un escándalo…
En verdad lo único que puede hacer es esperar las consecuencias de un eventual encuentro de los tres en la puerta del toilette. Así que no saca la vista de ese rincón.
Inevitable... De repente se escuchan gritos, groserías de muy bajo talante, voces entremezcladas. Los camareros corren hacia el lugar para averiguar qué sucede. Entonces sale la chica sollozando, cubriéndose el rostro, acompañada de su amiga. Se van directo a la calle.
Tras unos minutos aparecen, de entre el personal agrupado, Fernando y Marina. Caminan abrazados hacia la mesa donde Celeste los espera expectante.
Fernando le da un beso en la boca delante de todos y le dice: “Espérame aquí. Voy a hablar con Carolina”. Marina tiene el rostro rasguñado, el pelo enmarañado y los ojos colorados de llorar.
-¿Qué ha pasado?- pregunta Celeste asustada
-Esa loca me ha pegado, me ha tirado de los pelos, me ha insultado. Ha sido horrible…- Marina se queda pensativa, con la mente aún atrapada en el instante de la pelea
- Me imagino… Pero.. ¿Quién es esa chica?
-Supuestamente su novia. El tema es que no es su novia en verdad. Ella cree que lo es.- aclara Marina
- A ver… No entiendo… En cualquier caso está saliendo con ella, puesto que la ha traído aquí, ¿no?- pregunta desconcertada.
-Saliendo… ¿Qué significado eso? No es su novia... Además eso es un problema de ellos- asevera Marina
-Me parece que él ha sido tremendamente irrespetuoso con ella, al liarse contigo en el baño, a escondidas, dado que han venido juntos- destaca Celeste
- Ha sido maravilloso… No sabes… Hay mucha química entre nosotros.- Dice Marina, ignorando el reiterado juicio de su hermana.
Suena el teléfono de Marina. Es Ricardo. Celeste la mira, levanta las cejas cual signo de pregunta y Marina niega que quiera hablar con él. No lo atiende. A los pocos minutos llega un mensaje de texto suyo. Celeste agarra el móvil y lo lee en voz alta: “paso a buscarte a las 12pm por tu casa”.
-¿Qué vas a hacer? ¿No le vas a responder? Son las 11.30pm ya…-
- No, ¿Para qué? Si me ve rasguñada, echa un trapo, me va a preguntar qué ha ocurrido. ¿Y qué le digo? No, no tengo porque darle explicaciones de mi vida
- Bueno... si tú lo dices, ok- Celeste comenta insegura
Ricardo y Marina se conocen hace más de 2 años. Son amigos, amantes. Al comienzo, cuando se conocieron, Marina estaba encandilada de él. Aunque siendo coherente con sus princípios acerca de las relaciones románticas, conservaba una "prudente" distancia. Así que Ricardo resultaba, a veces, ambiguo.
Pese a la aparente incompatibilidad en cuanto a los intereses de ambos, la relación se mantuvo. Eso sí, relegada a la superficie, a las normas de conducta social actual; nutrida de la fugacidad del momento, sin grandes pretensiones.
Así que, dentro del marco establecido, participan activa y recíprocamente de sus vidas: van a sus respectivos cumpleaños, se regalan cositas, se llaman muy a menudo.
Celeste también lo conoce de la misma época. De hecho, se lo presentaron a ella y a Marina a la vez, en una fiesta de amigos comúnes. Ricardo le pareció muy atractivo, un hombre en toda regla... "Lástima que quedó flechado de Marina desde el primer momento", recuerda mientras escurren de su pensamiento gotas de envidia. Siempre arrinconada, se sentía y se siente como un simple testigo de las necesidades ajenas, que terminan por condenar las suyas a un segundo plano.
Intuye que hay algo más que sexo casual entre Marina y Ricardo. Sin embargo Marina se opone en rotundo a reconocer la existencia de un vínculo más profundo. Descarta entregarse a una hondura riesgosa que, como ella misma ha dicho, está expuesta a las neurosis añejas. En este caso, puede que el miedo sea su propia manifestación neurótica.
- Yo creo que le deberías contestar a Ricardo. No se merece que lo desdeñes- dice Celeste preocupada
- Sí, estaba pensando lo mismo. Puedo decirle que estoy cansada, en casa, a punto de dormirme. Y que lo llamo mañana.-
- Bueno, está bien, pero mándaselo ahora. Son las 11.45pm.
Mientras Marina está escribiendo el mensaje, regresa Fernando de la calle. Celeste no se lo puede creer: "¡El gentilhombre ha vuelto!". Marina raudamente le da el celular a Celeste, olvidándose de la tarea. Se levanta de la silla y camina en dirección a Fernando
-Me alegro que ya estés de vuelta- dice Marina mimosa
- Sí, bombón, después de los mimitos que me has hecho en el baño, sería un estúpido si no regresara.
- Sí, me han gustado mucho tus mimitos también- retribuye con una mirada pícara
Empiezan a besarse ardientemente. Ya es sabido que la audiencia les fomenta la pasión. Bueno, depende del tipo de audiencia...
Celeste decide terminar el mensaje y mandárselo a Ricardo. Rechaza con vehemencia vivenciar otro evento sensacionalista, por lo menos durante esa noche. Tiene en claro que su destino está forjado de acontencimientos bizarros.
La chica humillada, pseudo novia según algunos, ahora desempeña un papel meramente secundario. Y dado que ha perdido su papel protagónico, su colaboración ha sido despachada en un periquete.
Celeste, de a poco- como con recelos de despertar a alguna bestia- agarra sus pertenencias para marcharse. Observa como se van los comensales de la mesa doce, sin siquiera despedirse de la candente pareja. "Parece que la indiferencia por lo ajeno es un denominador común en este local" , medita Celeste.
De pie, vestida, asiste a la pareja que tiende todo su fervor en besos de movimientos integrados: fuertes, suaves, jugosos, parlantes.
"Sobro aquí", piensa y se va. Al cruzar el vestíbulo del restaurante, se encuentra con Ricardo afuera. Acaba de llegar.
-Vengo a recogerlas. He visto que estaban aquí en la página de Facebook de Marina. Y cómo no me contestaba el mensaje, he pensando en acercarlas a casa...
En ese momento salen del restaurante Marina y Fernando en actitud más que afectuosa. Marina va delante de Fernando, por lo que mira hacia él mientras charlan divertidos.
Ricardo se da cuenta en el acto. Cuando Marina gira la cabeza hacia la calle, lo avista. Está pálido, tiene los labios secos y los ojos inyectados. Marina se congela, se queda muda...
-Bueno, era de esperarse... Yo siempre he sabido que no querías invertir en una relación... Aunque confieso que hubiese preferido que terminara de otra manera- dispara Ricardo
Fernando mira a Marina y le pregunta:
¿Estás casada bombón?
Marina niega con la cabeza, en estado de shock. Ricardo observa despierto su reacción, quizás aguardando que ella saliera del trance y al menos se justificara.
Celeste piensa, entre aterrada y resignada: "Ahí empieza otro show... Es una historia sin fin, como la del muchacho de las flores..."
Fernando parece no registrar la situación, o sencillamente no le importa. "Dáme tu celular bombón que espero que lo de hoy se repita"
Ricardo enloquece. Agarra a Fernando del cuello de la camisa Armani, brama, amenaza con pegarle. Celeste grita alarmada, mientras Marina llora desconsolada.
Previsible. Comienzan a pelearse en serio: puñetazos, patadas, tirones. Finalmente salen los seguridades del local para separarlos... Logran despejar a los hombres poseídos por sus instintos primitivos.
Aparte del soberano escándalo que se ha armado en la puerta del restaurante más solicitado de la urbe, afortunadamente no hay mayores daños físicos.
No podemos afirmar lo mismo en cuanto a los daños emocionales...
Ricardo se marcha cabizbajo y muy enojado. Celeste está preocupada, por los dos. Marina llora sin decir palabra.
Pasa bastante tiempo. Marina continúa viéndose "informalmente" con Fernando. Siempre comparte anécdotas curiosas, del mundo del modelaje fotográfico, en el que está metida gracias a él. Van a muchas fiestas exclusivas, regadas a alcohol y otras drogas, y ella parece haber descubierto su hábitat ideal. Salvo por el hecho que duerme poco, come mal y consume todo tipo de compuestos nocturnos...
El episodio en el restaurante más solicitado de la urbe- nunca más discutido- va tomando forma de pasado, mientras cultiva sus frutos en el presente y siembra semillas para el futuro.
Celeste ha formado una relación mucho más cercana con Ricardo. Lo llamó al día siguiente del funesto evento, para saber cómo estaba, y a partir de ahí empezaron a verse a menudo. No se lo contó a Marina. Tal vez porque considera que a Marina no le importa Ricardo en verdad, puesto que no volvió a tocar el asunto y tampoco tomó medidas para cambiar la impresión de él acerca del suceso. O, tal vez, porque no tiene el suficiente valor para confesarle a Marina los sentimientos que alberga - y alimenta- en relación a Ricardo.
Marina anda muy ocupada con innúmeras actividades sociales. Cada vez que se encuentran es para hablar de los chusmeríos de la farándula... Celeste está aprensiva, en el fondo. Está disfrutando de lo que construye con Ricardo pero a la vez observa como su hermana se vuelve cada vez más frívola. Sorprendentemente alejada de su verdadera esencia...
Ya dice la sabiduría refranera: a veces el silencio es peor que la mentira. En una noche determinada, en uno de los pubs de moda de la urbe, se encuentran Celeste y Ricardo. Y por supuesto, según las leyes universales de la probabilidad, se cruzan con Marina y Fernando.
Marina luce muy alocada, muy high... Y Fernando, cortés y voluble caballero, está sintonizado en el mismo canal. Ellos no han visto a Celeste y Ricardo. Pero Celeste y Ricardo observan atentamente la secuencia, desarrollándose en unos de los sillones de cuero terracota del pub estilo inglés.
-Estoy realmente preocupada- suspira Celeste.
-Bueno, tranquila... Puedes charlar con ella mañana. Intenta aconsejarla sobre su corriente estilo de vida... Tal vez te haga caso...
-Creo que voy a hablar con ella ahora
-¡¿Ahora?! ¡No! No, me parece una buena idea...
-¿Por qué, no? Quizás, tal y como está, yo que sé... Puede pasarse de la raya... - comenta Celeste aflijida
Ricardo la abraza para intentar calmarla un poco. En ese preciso instante, grita desde el otro lado del salón, nuestro bien "ubicado", colocado, Fernando: ¡¡¿¿Pero sí ahí están Ricardo y Celeste, no??!!
Marina se despierta súbitamente. Se levanta y camina determinada hacia Celeste....
-¡¿Así que son parejita, hein?! ¡¿Cómo no me lo has contado?!
Celeste tiembla entera. En un momento se tambalea, Ricardo la sostiene visiblemente alarmado
-Ah, bueno, bueno... Es que están enamorados... ¡¿Cómo me has podido traicionar así?!- grita Marina descontrolada
Fernando no registra nada, como de costumbre, parece que no le importa. Está en otra órbita, literalmente en esta ocasión.
Celeste empieza a llorar, está mareada, le baja la presión arterial. Marina sale corriendo hacia la calle, agarra su auto en el estado en el cual se encuentra. Arranca con furia y desaparece en un tris.
Fernando, con la voz arrastrada de noches de mucha fiesta, grita: "¡Bombón, espérame que estoy sin auto, voy contigo!", tropieza con un banco del bar y se ríe de su torperza de adicto.
Ricardo ahora también se preocupa por Marina. La llama al celular. No lo atiende. Insiste. Nada.
Entonces le dice a Celeste que opina que es conveniente que vayan detrás de Marina. Celeste asiente débilmente. Le dan un medicamento para que se recomponga y salen disparados.
El pub está a las afueras de la ciudad, así que deciden ir por la carretera que conduce a la casa de Marina. Hace una noche opaca, con luna menguante. No se ve muy bien.
Tras pocos kilómetros en penumbras, Celeste consigue ver un auto volcado, que está en el otro lateral de la carretera colindante. Deciden averiguar si hay accidentados. A medida que se acercan, el rostro de Celeste se va poniendo pálido, con expresión de terror...
¡Es el auto de Marina! ¡Oh Dios mío!- y llora como un bebé al nacer.
Marina está atrapada entre los engranajes retorcidos, aún humeantes. Yace inconsciente. Celeste se acerca, desconsolada, intenta hablar con su hermana del alma. Pero Marina no responde.
Ricardo llama a la ambulancia. Se va hacia Celeste y la abraza, sosteniéndola, ya que sus piernas han perdido la fuerza
Se acercan las luces de la asistencia. Sin embargo la luz, el pulso, la vida de Marina, se ha apagado hace ya algunos minutos...
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